lunes, 19 de marzo de 2012
"La Bondad con los Animales" - Isaac Newton
Sir Isaac Newton fue un gran cientifico. Paso la mayor parte de su vida haciendo investigaciones en matemáticas y ciencia. Tenía un perro llamado Diamond (diamante) a quien amaba mucho como si fuera un amigo; lo trataba como un miembro de la familia.
Una noche, Newton estaba trabajando solo y sin que lo molestara nadie en su mesa en un importante problema de ciencia. Estaba tan feliz cuando finalmente hubo resuelto el problema que decidió salir a tomar un poco de aire fresco. Reunió todos sus papeles, los puso en la carpeta que contenía sus investigaciones anteriores y se levanto para salir de la habitación.
Diamond, que estaba acostado debajo de la mesa, vio cuando Newton salio i decidio reunirse con su amo. Al levantare para salir por la puerta, hizo que se moviera la mesa. Como resultado de esto, la vela encendida en la mesa cayo sobre el paquete de papeles de Newton y pronto el fuego los alcanzo. Cuando Newton vio las llamas y corrió adentro, la mayoria de la carpeta que contenía su investigación de muchos años había quedado reducida a cenizas.
Por supuesto Newton quedo anonadado cuando vio la pérdida de su largo trabajo y valiosa obra de investigación. Miro durante un largo rato al perro que estaba husmeando los papeles quemados en la mesa y moviendo el rabo. Pero su amor por su mascota fue más fuerte. Sin ningún rasgo de ira, palmeo a su amigo y le dijo, “OH, mi amado, nunca sabrás la travesura que has hecho”.
Newton era grande, no solo porque era un brillante científico, sino porque además tenia cualidades tales como el amor por otros seres, su paciencia y perdón también lo hacia un gran hombre.
"El Tarro de Aceitunas"
Una vez, hace muchos años, un mercader, de Bagdad, que se llamaba Ali Cofia, decidió viajar a la ciudad sagrada de la meca. El era un musulmán y, como es sabido, es una obligación de los creyentes de esta religión visitar una vez en la vida por lo menos esa sagrada ciudad. Con esta idea, Ali se resolvió a emprender el viaje. Arreglo todos sus negocios, rento su tienda y su casa y dejo todas sus pertenencias. Pero, al final, se dio cuenta de que le sobraban mil monedas de oro. Como no tenía ya lugar donde dejarlas puesto que se había deshecho de todo, se le ocurrió que podría guardarlas en un tarro de aceitunas.
Asi lo hizo, guardo las mil monedas de oro en el fondo del tarro y luego lo lleno con aceitunas. Después de esto, se dirigió con un amigo suyo que tenia fama de honrado y le pidió el favor de que guardara el tarro de aceitunas hasta que regresara de su viaje. El amigo no solo le permitió guardar el tarro en el almacén, sino que hasta le dio las llaves de este para que Ali mismo eligiera el lugar donde colocaría su tesoro. Poco después, Ali Cofia se despidió de sus parientes y amigos y emprendió su viaje con dos camellos cargados de telas muy finas que pensaba vender en la meca, aprovechando su viaje.
Después de que cumplió con su promesa de visitar la ciudad sagrada, se dirigió al mercado para vender las telas que llevaba. Al llegar hay, escucho a alguien decir –si este comerciante supiera que bien podría vender estas telas en el Cairo, seguro que no vendría a venderlas a este mercado.
Estas palabras hicieron que Ali cambiara de opinión, así que recogió sus telas y se dirigió a Egipto, donde efectivamente pudo vender muy bien todas las telas que llevaba. Tan bueno resulto el negocio, que decidió aprovechar este viaje para conocer mejor ese hermoso país. Luego conoció Persia, luego Mosul y otros países, siempre comerciando, de modo que en estos viajes paso siete años.
Mientras tanto, una noche, la esposa del mercader al que le había dejado encargado su tarro de aceitunas, tuvo un gran antojo de comer estas.
Mujer – le dijo su marido--, tu antojo es fácil de cumplir, porque, recordaras que mi amigo Ali antes de marcharse me dejo encargado un gran tarro de aceitunas. Y hace tanto tiempo que hizo esto… y como no sabemos nada del seguro es que le ha ocurrido algo, ¡quien sabe! A lo mejor hasta ya se murió. ¿Por qué no me das una lámpara y bajo al almacén a buscar unas cuantas aceitunas del tarro? – ¡ni lo quiera ala!, ¡como se te ocurre semejante idea¡ -- replico la mujer del mercader--. Cuando alguien nos confía algo en depósito debemos respetarlo. Uno no sabe si Ali regresara un día u otro, y si no encuentra su tarro tal y como el lo dejo, ¿Qué pensaría de ti? No, mejor deja el tarro como esta y no lo toques… además, ya no tengo antojo de aceitunas.
Pero, a pesar de todos estos sabios consejos, el mercader no hizo caso a su mujer, tomo una lámpara y bajo al almacén a buscar aceitunas. Destapo el tarro y encontró que las aceitunas tenían tanto tiempo guardadas que se habían podrido. Sin embargo, el mercader tuvo la esperanza de que las del fondo atuvieran todavía buenas, asi que vacío el tarro, y al vaciarlo empezaron a caer unas cuantas monedas.
Al ver el oro, el mercader se volvió loco de ambición. Dejo las monedas, guardo nuevamente las aceitunas y volvió a tapar el frasco. A su mujer le dijo que tenía razón, que las aceitunas estaban podridas y que había vuelto a tapar el tarro dejándolo como estaba.
Ala mañana siguiente el mercader, sin decir nada, tomo las mil monedas de oro, para lo cual tuvo que sacar todas las aceitunas podridas, y luego lleno el tarro con aceitunas frescas que recién había comprado; tapo el frasco y dejo todo como estaba antes.
Ali Cofia, por su parte, finalmente, decidió regresar a su ciudad. Al llegar a Bagdad tuvo que hospedarse en una posada, puesto que recordaran que su casa y su tienda las había alquilado antes de partir. Unos días depuse de que había arreglado ya varios asuntos de negocios, se decidió a ir con su amigo el mercader honesto al cual le había encargado su tarro de aceitunas. El otro mercader lo abrazo y lo felicito por su feliz regreso y le entrego la llave del almacén para que le mismo tomara su tarro. Ali le dio las gracias y se llevo su cargamento a la posada donde se hospedaba. Ali vació las aceitunas, que todavía están muy frescas, pero del dinero ¡no había nada!
Inmediatamente Ali fue a reclamar sus monedas. ---amigo--- le dijo al mercader---, vengo a decirte que el tarro de aceitunas que te confié no solo contenía aceitunas, sino mil monedas de oro que yo mismo coloque en el fondo y estas han desaparecido. Si tu las tomaste porque necesitabas el dinero esta bien, podemos arreglarlo… ---pero, ¿Qué acaso me estas diciendo que soy un ladrón? --- replico el mercader ---. Cuando trajiste tu tarro, tu mismo lo pusiste en el lugar en el que lo encontraste. Nadie ha tomado nada y tal parece que no sabes agradecer un favor. ¡Ahora márchate de mi casa! Ali no sabia que hacer, así que se dirigió al tribunal donde llevo su caso, pero como era la palabra de Ali contra la del mercader, el juez no supo que hacer. Frustrado y triste Ali decidió llevar su caso directamente con el califa como ultima esperanza. El califa tampoco sabía como resolver este problema. ¿A quien le aria caso, quien estaba mintiendo? Muy concentrando en este asunto, el califa salio a dar un paseo por la tarde. Al día siguiente mando llamar a los dos hombres, quienes presentaron nuevamente cada quien su punto de visto. Uno reclamando que había dejado de mil monedas de oro de un tarro de aceitunas, el otro negando contundentemente que tales monedas existieran. Finalmente, el califa mando llamar a dos expertos aceituneros a quienes les presentaron el tarro de aceitunas, tomo una y se la dio a uno de los aceituneros.
--- ¿Qué te parecen?--- pregunto califa.
--- excelentes, señor--- opino el aceitunero
--- están muy frescas, deben de ser de este año.
---debes estar equivocado
---dijo califa --- porque estas aceitunas fueron puestas en el tarro hace siete años.
--- señor, que las pruebe el otro aceitunero, pero yo le aseguro que son de este mismo año.
El otro experto probó también las aceitunas, corroborando lo que sabia dicho el primero.
De esta forma, el califa supo como resolver este problema. Castigo al mercader que había sido deshonesto y mal amigo, y a Ali Cofia le fueron devueltas sus mil monedas de oro
Asi lo hizo, guardo las mil monedas de oro en el fondo del tarro y luego lo lleno con aceitunas. Después de esto, se dirigió con un amigo suyo que tenia fama de honrado y le pidió el favor de que guardara el tarro de aceitunas hasta que regresara de su viaje. El amigo no solo le permitió guardar el tarro en el almacén, sino que hasta le dio las llaves de este para que Ali mismo eligiera el lugar donde colocaría su tesoro. Poco después, Ali Cofia se despidió de sus parientes y amigos y emprendió su viaje con dos camellos cargados de telas muy finas que pensaba vender en la meca, aprovechando su viaje.
Después de que cumplió con su promesa de visitar la ciudad sagrada, se dirigió al mercado para vender las telas que llevaba. Al llegar hay, escucho a alguien decir –si este comerciante supiera que bien podría vender estas telas en el Cairo, seguro que no vendría a venderlas a este mercado.
Estas palabras hicieron que Ali cambiara de opinión, así que recogió sus telas y se dirigió a Egipto, donde efectivamente pudo vender muy bien todas las telas que llevaba. Tan bueno resulto el negocio, que decidió aprovechar este viaje para conocer mejor ese hermoso país. Luego conoció Persia, luego Mosul y otros países, siempre comerciando, de modo que en estos viajes paso siete años.
Mientras tanto, una noche, la esposa del mercader al que le había dejado encargado su tarro de aceitunas, tuvo un gran antojo de comer estas.
Mujer – le dijo su marido--, tu antojo es fácil de cumplir, porque, recordaras que mi amigo Ali antes de marcharse me dejo encargado un gran tarro de aceitunas. Y hace tanto tiempo que hizo esto… y como no sabemos nada del seguro es que le ha ocurrido algo, ¡quien sabe! A lo mejor hasta ya se murió. ¿Por qué no me das una lámpara y bajo al almacén a buscar unas cuantas aceitunas del tarro? – ¡ni lo quiera ala!, ¡como se te ocurre semejante idea¡ -- replico la mujer del mercader--. Cuando alguien nos confía algo en depósito debemos respetarlo. Uno no sabe si Ali regresara un día u otro, y si no encuentra su tarro tal y como el lo dejo, ¿Qué pensaría de ti? No, mejor deja el tarro como esta y no lo toques… además, ya no tengo antojo de aceitunas.
Pero, a pesar de todos estos sabios consejos, el mercader no hizo caso a su mujer, tomo una lámpara y bajo al almacén a buscar aceitunas. Destapo el tarro y encontró que las aceitunas tenían tanto tiempo guardadas que se habían podrido. Sin embargo, el mercader tuvo la esperanza de que las del fondo atuvieran todavía buenas, asi que vacío el tarro, y al vaciarlo empezaron a caer unas cuantas monedas.
Al ver el oro, el mercader se volvió loco de ambición. Dejo las monedas, guardo nuevamente las aceitunas y volvió a tapar el frasco. A su mujer le dijo que tenía razón, que las aceitunas estaban podridas y que había vuelto a tapar el tarro dejándolo como estaba.
Ala mañana siguiente el mercader, sin decir nada, tomo las mil monedas de oro, para lo cual tuvo que sacar todas las aceitunas podridas, y luego lleno el tarro con aceitunas frescas que recién había comprado; tapo el frasco y dejo todo como estaba antes.
Ali Cofia, por su parte, finalmente, decidió regresar a su ciudad. Al llegar a Bagdad tuvo que hospedarse en una posada, puesto que recordaran que su casa y su tienda las había alquilado antes de partir. Unos días depuse de que había arreglado ya varios asuntos de negocios, se decidió a ir con su amigo el mercader honesto al cual le había encargado su tarro de aceitunas. El otro mercader lo abrazo y lo felicito por su feliz regreso y le entrego la llave del almacén para que le mismo tomara su tarro. Ali le dio las gracias y se llevo su cargamento a la posada donde se hospedaba. Ali vació las aceitunas, que todavía están muy frescas, pero del dinero ¡no había nada!
Inmediatamente Ali fue a reclamar sus monedas. ---amigo--- le dijo al mercader---, vengo a decirte que el tarro de aceitunas que te confié no solo contenía aceitunas, sino mil monedas de oro que yo mismo coloque en el fondo y estas han desaparecido. Si tu las tomaste porque necesitabas el dinero esta bien, podemos arreglarlo… ---pero, ¿Qué acaso me estas diciendo que soy un ladrón? --- replico el mercader ---. Cuando trajiste tu tarro, tu mismo lo pusiste en el lugar en el que lo encontraste. Nadie ha tomado nada y tal parece que no sabes agradecer un favor. ¡Ahora márchate de mi casa! Ali no sabia que hacer, así que se dirigió al tribunal donde llevo su caso, pero como era la palabra de Ali contra la del mercader, el juez no supo que hacer. Frustrado y triste Ali decidió llevar su caso directamente con el califa como ultima esperanza. El califa tampoco sabía como resolver este problema. ¿A quien le aria caso, quien estaba mintiendo? Muy concentrando en este asunto, el califa salio a dar un paseo por la tarde. Al día siguiente mando llamar a los dos hombres, quienes presentaron nuevamente cada quien su punto de visto. Uno reclamando que había dejado de mil monedas de oro de un tarro de aceitunas, el otro negando contundentemente que tales monedas existieran. Finalmente, el califa mando llamar a dos expertos aceituneros a quienes les presentaron el tarro de aceitunas, tomo una y se la dio a uno de los aceituneros.
--- ¿Qué te parecen?--- pregunto califa.
--- excelentes, señor--- opino el aceitunero
--- están muy frescas, deben de ser de este año.
---debes estar equivocado
---dijo califa --- porque estas aceitunas fueron puestas en el tarro hace siete años.
--- señor, que las pruebe el otro aceitunero, pero yo le aseguro que son de este mismo año.
El otro experto probó también las aceitunas, corroborando lo que sabia dicho el primero.
De esta forma, el califa supo como resolver este problema. Castigo al mercader que había sido deshonesto y mal amigo, y a Ali Cofia le fueron devueltas sus mil monedas de oro
"Harriet Tubman"
Harriet Tubman,
quien nació esclava en la costa este de Maryland alrededor de 1823, huyó y
llevó a muchos otros a la libertad. Durante la guerra civil fue enfermera,
espía y exploradora. Vivió hasta 1913. Profundamente religiosa, dedicó todas
sus energías a la libertad de los otros. Harriet Tubman fue una mujer de acción
y en tiempos de crisis su oración favorita era: “Señor, tú has estado conmigo
en seis problemas. Quédate conmigo en el séptimo”.
Aunque no sabía
leer ni escribir, se escribieron muchos libros acerca de sus actividades en “la
estación subterránea del tren”, guiando más de 300 esclavos a la libertad,
incluyendo sus ancianos padres. Harriet Tubman fue una mujer casada, aunque la
mayor parte de su vida caminó sola, cubriendo muchos kilómetros cuando viajaba.
Hablaba de la aristocracia del sur a través de sus discursos en el norte, en
contra de la esclavitud.
Una vez ofrecieron
$40.000 dólares por su captura. Cuando tenía 25 años, ella huyó de las
plantaciones, dejando a su esposo, padres, hermanos y hermanas. Harriet y sus
hermanos comenzaron este proyecto juntos, pero ellos se asustaron y regresaron
a la plantación. Quizás previniendo que algún día esto ocurriese de nuevo,
portaba una pistola en sus incursiones de libertad y si cualquier esclavo líder
de un grupo del norte vacilaba, sacaba su pistola y decía: “¡Serás libre o
morirás!”. Siempre daba fortaleza para seguir adelante. Harriet iba sobre los
bancos del riachuelo, atravesando pantanos, sobre colinas, en la oscuridad de
la noche, e hizo diecinueve viajes secretos hacia el peligroso sur.
En 1851 partió con
un grupo de once hacia Canadá, ya que por la ley de esclavos fugitivos, para
ese momento, era peligroso detenerse cerca de la frontera. Un esclavo del
grupo, cuya recompensa era de $15.000, estaba tan asustado que no pronunciaba
palabra alguna, ni se atrevía a mirar por la ventana para admirar la escena de
la travesía desde Búfalo. Cuando se encontró en tierra libre, cantó y gritó tan
fuerte que nadie podía hacerlo callar. Harriet Tubman le dijo: “Tú, viejo
tonto, tú. ¡Al menos hubieses visto las cataratas del Niágara en el camino
hacia a la libertad!”.
Sin amigos y sin
trabajo en Canadá, Harriet oró, cocinó y mendigó por los refugiados durante el invierno.
Luego, durante la primavera regresó al sur para liberar más esclavos. Fue sola,
pero una vez que comenzó a liberar más esclavos, obtuvo ayuda. Habían
“estaciones secretas de trenes subterráneos” desde Wilmington, Delaware, hasta
los grandes lagos; escondiéndose en graneros, bodegas de vino, iglesias,
leñeras, cuevas. Los hombres blancos la ayudaban con comida, ropa de invierno y
carretas con asientos falsos en donde escondían esclavos para los largos viajes
con un clima miserable.
Harriet Tubman, una
de las más famosas “conductoras” de los “subterráneos”, dijo una vez: “nunca he
descarrilado un tren y nunca he perdido a ningún pasajero”. Como persona de
extremada dedicación por los otros, su fama creció así entre los anales del
tiempo porque sirvió a su gente. Sin duda que su entendimiento espiritual le
otorgó el coraje para enfrentar la esclavitud o los trabajos forzados cuando
eran más intensos. Como el bíblico Moisés, quien liberó a los hebreos de los
egipcios, la señora Tubman fue considerada como la conductora “del asunto
egipcio”. Salir de “Egipto” hacia la “tierra prometida” fue una tarea
arriesgada. Pero una vez allí, debajo de la estrella norte, cada esclavo
escapado debió rendirse como Harriet Tubman lo hizo cuando dijo: “Miré mis
manos para ver si soy la misma persona ahora que estoy libre. ¡Hubo tanta
gloria en todo! El sol apareció como oro a través de los árboles y sobre los
campos y me sentí como si estuviera en el cielo”.
Contribución de
Malaika, Horne, St. Louis, MO.
"La Oruga Huga"
Por Nadia Chávez
Había una vez en un país no muy lejano una planta frondosa, las hojas eran
de un verde brillante con filos amarillos, ahí vive animalito especial: es
largo como un gusanito, negro como la noche
y con muchos piecitos como un ciempiés. Se trata de una oruga de nombre
Huga, cada día la oruga se levantaba muy temprano para comer hojitas, tomar el
sol y cantar de felicidad una tonada especial. Un día de esos se acerco un
picaflor travieso revoloteando para ver quien cantaba tan hermosa melodía y al
mirar a la oruga le dijo:
-
Que bonito cantas, pero
que fea eres!!!
La oruga Huga se entristeció y pensó para si: será que en realidad soy tan
fea y desagradable? Pero si la planta donde vivo me dice que soy muy bella y
buena… entonces quien dice la verdad?
Por ahí pasaba una paloma que era muy vieja y sabia, conocía bien el
proceso por el que todas las orugas tienen que pasar, al contemplar la escena
se dio cuenta de lo que ocurría y no dudo en cantar para animar a Huga:
La oruga Huga tiene una duda,
Así oruga me quedare
No Oruga Huga
En mariposa,
en mariposa te volverás
Huga escucho asombrada a la
Paloma , y le pregunto:
-
Paloma, crees que soy
fea como lo dijo el picaflor?
La paloma con un rostro de dulzura le contesta:
-
Huga, eres muy hermosa,
tu belleza es interior y pronto aflorara, ten confianza…
Diciendo esto la paloma emprendió su vuelo.
Huga se quedo asombrada y feliz. De pronto sintió un sueno profundo, como
nunca antes le dio y comenzó a construir poco a poco un lugar para dormir
placidamente. Huga se transformo rápidamente en una pupa, ahí no podía moverse
y todo estaba oscuro, allí durmió y durmió…..y durmió.
Hasta que un buen día Huga sintió que era hora de levantarse, pero su
casita estaba tan bien cerrada que le era muy difícil hacer un huequito para
salir. Huga continuo con mucha
determinación poco a poco, muy lentamente fue haciendo un agujero y pudo ver a
penas un rayito de luz, esto la lleno de esperanza y muy entusiasmada por el
logro continuo su trabajo con esmero. Finalmente le pareció que su cabeza podía
salir y así fue, con la cabeza fuera busco sacar su cuerpo el que salio luego
de mucho esfuerzo.
Huga sentía a su cuerpo extraño, y pensó que era por la larga siesta,
cuando se dio cuenta tenia unas grandes y hermosas alas. Ella quiso probarlas
enseguida y se lanzo a volar. Voló por largas horas entonando su canción
preferida y se encontró con el picaflor que al verla le dijo:
-
Eres tu la oruga Huga
que conocí?
-
Si, soy yo, pero ahora
soy una mariposa.
-
Ya veo. Quiero
disculparme porque fui muy ligero al juzgarte. Podemos ser amigos?
-
Claro picaflor, a veces
los ojos no son capaces de ver la belleza interna, pero el corazón siempre lo
siente.
Cuenta la historia que el picaflor y la mariposa estaban
siempre juntos cantando y divirtiéndose. Huga siempre recordó con cariño y
gratitud a la paloma sabia, tanto asi que entre sus canciones preferidas
estaba:
La oruga Huga tiene una duda,
Asi oruga me quedare
No Oruga Huga
En mariposa,
en mariposa te volverás
Y Colorín
colorado, este cuento se ha terminado
“Los Problemas del Mundo”
Autor desconocido, adaptado de
la recopilación de Cuentos de Valores Humanos
del Área de Educación del Centro Sai Posadas
de Misiones, Argentina.
Un científico que vivía preocupado por lo mal que estaba el mundo, se pasaba horas trabajando en su laboratorio. Investigaba las enfermedades, tanto físicas, como las psíquicas. Su tarea era muy importante, y le ocupaba todo su tiempo. Su hijo le pedía que juegue con él, y el científico prometía hacerlo, y realmente lo deseaba, pero su trabajo lo absorbía tanto que nunca cumplía con su promesa.
Un día el niño se presentó en el laboratorio y reclamó a su padre que cumpliera su palabra y lo llevara al parque a jugar a la pelota.
El científico, como siempre, estaba en medio de un experimento que no podía abandonar. Buscó con que entretener a su hijo, hasta que concluyera su trabajo. Encontró sobre el escritorio un mapa con los países del mundo y lo recortó en muchos pedazos.
- Mira hijo - dijo el hombre – Me falta muy poco para llegar a una conclusión. Mientras tú armas este rompecabezas, yo terminaré y podremos salir a jugar.
- ¿Me prometes que en cuanto arme el rompecabezas me llevarás al parque?
- Lo prometo – dijo el padre, calculando que la tarea era difícil y le llevaría mucho tiempo.
- ¡Viva! Gritó el niño, e inmediatamente se enfrascó en la tarea.
A los 10 minutos volvió donde su padre y le dijo:
- ¡Ya está! – mostrándole, con una gran sonrisa, el mapa perfectamente armado.
- ¡¿Ya lo armaste?! – Dijo el padre, asombrado y no pudiendo creer lo que veía. ¿Cómo lo hiciste?
- Muy fácil - dijo el niño – yo no sabía cómo era el mundo, pero le di vuelta a los papeles y del otro lado, aunque todo estaba roto y desarreglado, se podía ver la imagen de un hombre, entonces arreglé al hombre y el mundo se arregló solo.
El científico pensó que si los grandes enfrentáramos cada problema con la sencillez con que los niños ven todo, ¡ya habríamos logrado arreglar el mundo!
Se sacó el guardapolvo, tomó a su hijo de la mano, y salió feliz hacia el parque. El niño no podía estar más contento.
“La Mochila”
Cuento de Jean de la Fontaine extraído de la web de cuentos sobre valores humanos de Venado Tuerto.
Cuentan que Júpiter, antiguo dios de los romanos, convocó un día a todos los animales de la tierra.
Cuando se presentaron les preguntó, uno por uno, si creían tener algún defecto. De ser así, él prometía mejorarlos hasta dejarlos satisfechos.
-¿Qué dices tú, la mona? -preguntó.
-¿Me habla a mí? -saltó la mona-. ¿Yo, defectos? Me miré en el espejo y me vi espléndida. En cambio el oso, ¿se fijó? ¡No tiene cintura!
-Qué hable el oso -pidió Júpiter.
-Aquí estoy -dijo el oso- con este cuerpo perfecto que me dio la naturaleza. ¡Suerte no ser una mole como el elefante!
-Qué se presente el elefante...
-Francamente, señor -dijo aquél-, no tengo de qué quejarme, aunque no todos puedan decir lo mismo. Ahí lo tiene al avestruz, con esas orejitas ridículas...
-Qué pase el avestruz.
-Por mí no se moleste -dijo el ave-. ¡Soy tan proporcionado! En cambio la jirafa, con ese cuello...
Júpiter hizo pasar a la jirafa quien, a su vez, dijo que los dioses habían sido generosos con ella.
-Gracias a mi altura veo los paisajes de la tierra y el cielo, no como la tortuga que sólo ve los cascotes.
La tortuga, por su parte, dijo tener un físico excepcional.
-Mi caparazón es un refugio ideal. Cuando pienso en la víbora, que tiene que vivir a la intemperie...
-Qué pase la víbora -dijo Júpiter algo fatigado.
Llegó arrastrándose y habló con lengua viperina: Por suerte soy lisita, no como el sapo que está lleno de verrugas.
-¡Basta! -exclamó Júpiter-. Sólo falta que un animal ciego como el topo critique los ojos del águila.
-Precisamente -empezó el topo-, quería decir dos palabras: el águila tiene buena vista pero, ¿no es horrible su cogote pelado?
-¡Esto es el colmo! -dijo Júpiter, dando por terminada la reunión-. Todos se creen perfectos y piensan que los que deben cambiar son los otros.
Suele ocurrir. Sólo tenemos ojos para los defectos ajenos y llevamos los propios bien ocultos, en una mochila a la espalda.
“Dar con Alegría”
Cuando yo era adolescente, en cierta oportunidad estaba con mi padre haciendo fila para comprar entradas para el circo. Al final, solo quedaba una familia entre la ventanilla y nosotros.
Esta familia me impresionó mucho; eran ocho chicos, todos probablemente menores de doce años. Se veía que no tenían mucho dinero. La ropa que llevaban no era cara, pero estaban limpios. Los chicos eran bien educados, todos hacían bien la fila, de a dos detrás de los padres, tomados de la mano. Hablaban con emoción de los payasos, los elefantes y otros números que verían esa noche. Se notaba que nunca antes habían ido al circo. Prometía ser un hecho sobresaliente en su vida.
El padre y la madre estaban al frente del grupo, de pie, orgullosos. La madre, de la mano de su marido, lo miraba como diciendo: "Eres mi caballero de brillante armadura". El sonreía, henchido de orgullo y mirándola como si respondiera: "Tienes razón".
La empleada de la ventanilla preguntó al padre cuantas entradas quería. El respondió con orgullo: "Por favor, déme ocho entradas para menores y dos de adultos". La empleada le indico el precio. La mujer soltó la mano de su marido, ladeó su cabeza y el labio del hombre empezó a torcerse. Este sé acercó un poco más y le preguntó: "¿Cuánto dijo?". La empleada volvió a decir el precio.
¿Cómo iba a darse vuelta y decirle a sus ocho hijos que no tenía suficiente dinero para llevarlos al circo?
Viendo lo que pasaba, papá se metió la mano en el bolsillo, sacó un billete de veinte dólares y lo tiró al suelo (nosotros no éramos ricos en lo absoluto).
Mi padre se agachó, recogió el billete, palmeó al hombre en el hombro y le dijo: "Disculpe, señor, se le cayó esto del bolsillo".
El hombre se dio cuenta de lo que pasaba. No había pedido limosna, pero sin duda apreciaba la ayuda en una situación desesperada, angustiosa e incómoda.
Miró a mi padre directamente a los ojos, con sus dos manos le tomó la suya, apretó el billete de veinte dólares y con labios trémulos y una lágrima rodándole por la mejilla, replicó: "Gracias, gracias señor. Esto significa realmente mucho para mi familia y para mí".
Papá y yo volvimos a nuestro auto y regresamos a casa. Esa noche no fuimos al circo, pero nos fuimos con el corazón lleno de alegría…
“No des lo que te sobra, da con alegría."
Extraído de la web www.mensajespositivos.net
“Jesús Celebra su Séptimo Cumpleaños”
“Ana y Joaquín estaban muy contentos porque su nieto Jesús cumplía siete años y decidieron hacer una fiesta en su honor. Joaquín dijo: Hijo mío, hoy pasas la séptima piedra del camino de tu vida, pues has cumplido siete años, y en memoria de éste día te daremos lo que desees: pide lo que te dé mayor gozo.
Jesús dijo: No quiero ningún regalo, pues ya estoy satisfecho, pero si pudiera hacer que muchos niños fueran felices en este día, me sentiría muy contento. En Nazaret hay muchos niños y niñas que pasan hambre; a ellos les gustaría comer con nosotros en esta fiesta y compartir las alegrías de este día. El mayor regalo que me podéis dar es vuestro permiso para salir y buscar a estos niños y traerlos aquí para que puedan alegrarse con nosotros.
Joaquín dijo: Está bien; sal y busca a esos niños y niñas necesitados y tráelos aquí. Habrá suficiente para todos.
Jesús no esperó; fue corriendo y entró en todas las chozas y antros sucios de la ciudad. Y no malgastó sus palabras, les habló de su misión en todas partes. En poco tiempo ciento sesenta niños felices y harapientos le seguían por el camino de Marmión. Los invitados les cedieron su lugar y la sala del banquete se llenó con los invitados de Jesús y él y su madre ayudaban a servir.
Hubo suficiente comida para todos y todos se alegraron. De este modo el regalo de cumpleaños de Jesús fue un ejemplo sublime de bondad.”
Preguntas
¿Quiénes decidieron organizar una fiesta para el cumpleaños de Jesús? ¿Cuántos años cumplía Jesús? ¿Qué regalo pidió Jesús? ¿Cómo estuvo la fiesta de Jesús?
¿Por qué Jesús prefirió invitar a los niños pobres y no recibir regalos costosos? ¿Qué valores practicó Jesús con este gesto? ¿Qué valores practicaron los abuelos y la madre? ¿Por qué debemos cultivar estos Valores en nuestra conducta diaria? ¿Cómo practicamos nosotros estos Valores?
¿Con cuál personaje te identificaste o te gustó más? ¿Por qué? ¿Qué sentiste tú cuando Jesús iba de casa en casa invitando a los niños necesitados? ¿Qué hubieras hecho si tú fueses Jesús cumpliendo años?
Reflexión
“El hombre no ha nacido únicamente para vivir para sí mismo. Sólo dedicando su vida al servicio de la sociedad podrá ennoblecerse y alcanzar la satisfacción”
¿Eres servicial hacia los demás, pero no dentro de tu círculo familiar? ¿Te sacrificas y te empeñas por lograr un noble ideal? ¿Te agrada más cuando das o cuando recibes algo? Ejemplo: una palabra amorosa, una sonrisa, una ayuda, etc. Cuando ayudas a alguien ¿lo haces porque quieres ser admirado o porque te sientes feliz al hacerlo?
¿Quién se beneficia más? ¿La persona a quién ayudas con amor, o tú mismo?
Si Dios con su infinito amor es el que sirve, ¿nosotros cómo mostramos gratitud hacia Él? ¿Poniendo nuestras habilidades al servicio de nuestra comunidad con bondad y compasión?
"La Rosa Mística del Jardín del Rey"
Antiguo cuento Derviche transcripto en la obra "La Rosa Mística del Jardín del Rey" de Sir Fairfax
Un río, desde sus orígenes en lejanas montañas, después de pasar a través de toda clase y trazado de campiñas, al fin alcanzó las arenas del desierto. Del mismo modo que había sorteado todos los otros obstáculos, el río trató de atravesar este último, pero se dio cuenta de que sus aguas desaparecían en las arenas tan pronto llegaban a éstas. Estaba convencido, no obstante, de que su destino era cruzar este desierto, y sin embargo, no había manera.
Entonces una recóndita voz, que venía desde el desierto mismo, le susurró: "el viento cruza el desierto, y así puede hacerlo el río." El río objetó que se estaba estrellando contra las arenas, y solamente conseguía ser absorbido, que el viento podía volar y ésa era la razón por la cual podía cruzar el desierto.
- "Arrojándote con violencia como lo vienes haciendo, no lograrás cruzarlo. Desaparecerás, o te convertirás en un pantano. Debes permitir que el viento te lleve hacia tu destino."
-.“¿Pero cómo podría esto suceder? Consintiendo en ser absorbido por el viento."
Esta idea no era aceptable para el río. Después de todo, él nunca había sido absorbido antes. No quería perder su individualidad. "¿Y, una vez perdida ésta, cómo puede uno saber si podrá recuperarla alguna vez?". "El viento", dijeron las arenas, "cumple esta función. Eleva el agua, la transporta sobre el desierto y luego la deja caer. Cayendo como la lluvia, el agua nuevamente se vuelve río."
- "¿Cómo puedo saber que esto es verdad?"
- "Así es, y si tú no lo crees, no te volverás más que un pantano, y aún eso tomaría muchos, pero muchos años; y un pantano, ciertamente no es la misma cosa que un río."
- "¿Pero no puedo seguir siendo el mismo río que ahora soy?"
- "Tú no puedes en ningún caso permanecer así", continuó la voz. "Tu parte esencial es transportada y forma un río nuevamente. Eres llamado así, aún hoy, porque no sabes qué parte tuya es la esencial."
Cuando oyó esto, ciertos ecos comenzaron a resonar en los pensamientos del río. Vagamente, recordó un estado en el cuál él, o una parte de él, ¿cuál sería?, había sido transportado en los brazos del viento. También recordó- ¿o le pareció? - que eso era lo que realmente debía hacer, aun cuando no fuera lo más obvio. Y el río elevó sus vapores en los acogedores brazos del viento, que gentil y fácilmente lo llevó hacia arriba y a lo lejos, dejándolo caer suavemente tan pronto hubiera alcanzado la cima de una montaña, muchas pero muchas millas más lejos. Y porque había tenido sus dudas, el río pudo recordar y registrar más firmemente en su mente, los detalles de la experiencia. Reflexionó: "Sí, ahora conozco mi verdadera identidad."
El río estaba aprendiendo, pero las arenas susurraron: "Nosotras conocemos, porque vemos suceder esto día tras día, y porque nosotras, las arenas, nos extendemos por todo el camino que va desde las orillas del río hasta la montaña." Y es por eso que se dice que el camino en el cual el Río de la Vida ha de continuar su travesía, está escrito en las Arenas.
“El vendedor de globos”
Era una fiesta patronal, de esas fiestas
lindas. El pueblo, ni muy grande ni muy chico, se había llenado de mucho color
y de muchos vendedores ambulantes, y entre los vendedores ambulantes había
llegado un vendedor de globos, con tanto años encima como globos por vender.
Ya era casi medio día y no había vendido ningún globo. Claro, los
chicos andaban medios escasos de plata y entonces lo que querían era comprar
aunque fuese un chocolatín, cualquier cosa pero no un globo, que no les era muy
útil.
Entonces al anciano se le ocurrió una idea: sacrificar un globo. Agarró
el globo colorado que tenía y lo soltó. No faltó un chico que le dijera a su
mamá: -¡Mira! ¡Un globo!
-Ah, sí, se le habrá escapado al señor.
Al ratito el hombre soltó un globo verde y enseguida un globo blanco.
Que se empezaron a perseguir por el cielo. Y claro: ya todo el mundo empezó a
señalarlos. Después soltó los globos más lindos que tenía: dos azules y uno
amarillo. Entonces, claro, frente a todos esos globos que empezaban a
perseguirse, pasaban entre las ramas y ascendían, claro, todos los niños
empezaron a rodear al vendedor de globos y a pedir: ¡yo quiero un globo mamá!
Bueno, la cuestión es que el tipo vendió todo el resto de globos.
Sacrifico cinco pero vendió decenas.
Y entonces el señor de los globos se dio cuenta del negrito y le
preguntó: - Colocho... - colocho le dicen allá -... ¿quieres un globo?
- Eh, no.... – respondió el negrito sacudiéndose los mocos.
- ¿Cómo que no?... Ten, te regalo uno. Elige el globo que más te guste
y te lo regalo.
- No, gracias.
- Pero, ¿no quieres un globo?
- No.
- Entonces, ¿qué es lo que te pasa? ¿Por qué lloras?
Y el niño, viéndolo tan bueno al anciano, le dice: “Señor, usted no ha
querido soltar ese globo negro que tiene ahí… ¿Es porque si lo suelta será que
no sube tan alto como los otros globos?”
Porque la cuestión no era tener o no tener un globo, sino ser o no ser
como los demás. Entonces el señor se emociona tanto que desata el globo negro,
se lo entrega y le dice: “Ten, haz la prueba...”
|
"El Bigote del Tigre"
Cuento Coreano
Una
joven mujer cuyo nombre era Yun OK, llego un día a la casa de un ermitaño en la
montaña para pedirle ayuda. El ermitaño era un sabio de gran nombre y tenia
poderes para fabricar talismanes y brebajes mágicos.
Cuando
Yun Ok entró a su casa, el ermitaño dijo sin levantar la vista de las llamas,
que estaba observando en la chimenea: “¿Por qué has venido aquí?” Yun OK, le
respondió: “Oh gran sabio, estoy desesperada, hazme una poción te lo ruego”. “Ah,
si como no, hazme una poción, hazme una poción, todo el mundo quiere una
poción, dime ¿podremos curar a un mundo enfermo con pociones? “
“Maestro”
Suplico Yun Ok, “Si no me ayudas estoy perdida”. “Bueno, ¿cuál es tu historia?
Dime”, dijo el ermitaño, quien finalmente estuvo dispuesto a escuchar. “Se
trata de mi esposo”, dijo Yun OK. “Yo lo quiero muchísimo. Hace tres años se
fue a la guerra a pelear y ahora que ha
vuelto, apenas me habla, ni habla con los demás tampoco. Cuando yo hablo,
parece que no me escucha. Y cuando por fin se decide a decir algo, lo hace con
rudeza. Si le sirvo la comida y no es lo que le gusta, la echa a un lado, y sale enojado del cuarto. A
veces, cuando debía estar trabajando en el arrozal, lo veo sentado en lo alto
del cerro, mirando hacia el mar”. “Si, así es a veces con los hombres jóvenes
que regresan de la guerra”, dijo el ermitaño: “Sigue contando”.
“¡Ya
no hay mas que decir! Hombre sabio, yo quisiera que me dieras una poción para
darle a mi esposo para que vuelva a ser cariñoso y gentil como solía ser”.
“¡Sí, como no!, tan simple como eso ¿no?”, dijo el ermitaño. “¡Vaya, vaya! Una
poción... bueno, vuelve dentro de tres días y entonces te diré lo que vamos a
necesitar para hacer una poción como la que tu deseas”.
Tres
días más tarde Yun Ok regresó a la casa del ermitaño sabio. “He estado pensando
en el caso”, dijo él. “Tu poción se
puede preparar, pero el ingrediente principal es un pelo del bigote de un tigre
vivo. Tráeme ese pelo, y yo te proporcionare lo que tu necesitas”. “¡Un pelo
del bigote de un tigre vivo!” exclamó Yun Ok. “¡¿Cómo podría yo conseguir
semejante cosa?!”. “Si la poción que tu me pides es para ti lo suficientemente
importante, tu podrás conseguirlo”, Dijo el ermitaño, volteando la cabeza a otro lado en señal que ya no
deseaba hablar mas.
Yun
Ok regresó a su casa. No cesaba de pensar en como podría conseguir un pelo del
bigote del tigre. Una noche mientras su esposo dormía, calladamente se salió de
la casa con un plato que contenía arroz y salsa de carne. Se fue a la ladera de
la montaña donde sabía que habitaba el tigre. Parada a una gran distancia de la
cueva del tigre, extendió su brazo con el plato que contenía la comida y llamo
al tigre para que viniera a comer. El tigre no vino. La noche siguiente Yun Ok
fue al mismo lugar, pero esta vez se acerco más. Otra vez ofreció la comida.
Así, todas las noches fue a la montaña llevando la comida y acercándose cada
vez más a la cueva. Poco a poco el tigre se fue acostumbrando a verla ahí.
Una
noche, Yun Ok llegó a la distancia de una pedrada de la cueva del tigre. Esta
vez el tigre se aproximó unos pasos y se paró. Los dos estaban mirándose ahí, a
la luz de la luna. Eso mismo pasó la noche siguiente, y esta vez estaban tan
cerca el uno del otro, que Yun Ok pudo, con voz suave y tranquila, hablarle. La
siguiente noche, el tigre, después de analizar cuidadosamente la mirada de Yun
Ok, comió el alimento que le ofrecía. Después de esto, cada noche, cuando Yun
Ok llegaba a la ladera de la montaña se
encontraba al tigre esperándola. Cuando el tigre hubo comido, Yun Ok podía
acariciar suavemente su cabeza. Pasaron casi 6 meses desde su primera visita.
Finalmente una noche, después de haber acariciado su cabeza, Yun Ok dijo al
tigre, “Oh tigre, generoso animal, necesito que me des un pelo de tu bigote,
¡no te enojes conmigo!” Y es así que arrancó uno de los bigotes del tigre. El
tigre no se enojó, como ella había temido. Yun Ok bajó por la ladera de la
montaña, no caminado sino corriendo, con el pelo del bigote tomado firmemente
en su mano.
A
la mañana siguiente estaba ya en la casa del ermitaño, justo cuando el sol se
elevaba por el mar. “¡Oh sabio famoso!” Exclamó, “¡Ya lo tengo! ¡Tengo el pelo
del bigote del tigre! Ahora ya puedes prepararme la poción que me prometiste
para que mi esposo vuelva ser cariñoso y gentil conmigo!” El ermitaño tomó el
pelo y lo examinó, después de auscultarlo detenidamente y satisfecho que
verdaderamente era un pelo del bigote del tigre, se inclinó hacia adelante y lo
dejó caer en el fuego que ardía en su chimenea. “¡Oh señor!”, gritó angustiada
la joven mujer. “¡Mira lo que has hecho con ese pelo!”. “Dime como lo
obtuviste”, dijo a su vez el ermitaño.
“Pues
fui a la montaña todas las noches con un plato de comida. Primero me detuve
lejos y me fui acercando cada noche más para conquistar la confianza del tigre.
Le hablé con suavidad y tranquilizándolo para hacerle entender que lo único que
yo deseaba era hacerle un bien. Tuve mucha paciencia. Todas las noches le llevé
comida aún a sabiendas de que él no comería. Pero yo no cejé en mi intento.
Volvía y volvía. Nunca le hablé duramente. Nunca le reproché nada. Y finalmente
una noche él se acercó unos pasos. Llegó el momento en que iba a mi encuentro
en la vereda y comía del plato que yo llevaba en las manos. Yo le acariciaba la
cabeza y él se expresaba con sonidos felices que salían de su garganta. Sólo
después de eso me atreví a tomar uno de
los pelos de su bigote”.
“Si,
si”, dijo el ermitaño, “tu domaste al tigre y conquistaste para ti su confianza
y su amor”. “¡Pero tu has echado el pelo al fuego, señor!”. Sollozó Yun Ok,
“Todo ha sido en balde...”. “No, no creo que haya sido en balde”, dijo el
ermitaño. “Ya no necesitamos el pelo del bigote. Yun OK déjame preguntarte algo:
¿Crees tú que un hombre es más malo que un animal, un tigre? Si tu puedes
ganarte la confianza de un salvaje y sanguinario animal por medio de la
gentileza y paciencia, ¿Por qué no podrías conquistar nuevamente a tu esposo?”.
Al oír esto, Yun Ok permaneció muda unos momentos. Luego avanzó por el camino reflexionando
sobre la verdad que había aprendido en casa del ermitaño en la montaña.
domingo, 18 de marzo de 2012
"Virtudes Choique".
Adaptado del cuento del mismo nombre de Carlos Joaquín
Había una vez una escuela en medio de las montañas. Los chicos que estudiaban ahí llegaban a caballo, en burro, en mula y a pie. El lugar tenía una sola maestra, una solita, que amasaba el pan, hacía sonar la campana y también hacía la limpieza. Se llamaba Virtudes Choique, era muy linda... Me olvidaba, ordeñaba cuatro cabras, era una maestra llena de inventos, cuentos y expediciones. Esta maestra vivía en la escuela...Al final de la hilera de bancos tenía un catre y una pequeña cocina, ahí vivía, cantaba, tocaba la guitarra y sabía tocar el bombo (tambor hecho con el tronco de un árbol, que se escucha desde muy lejos).
Los chicos no
se perdían ni un solo día de clases porque la Señorita Virtudes
tenía tiempo para ellos, era consentidora y de vez en cuando jugaba fútbol con
ellos. La cuestión es que un día Apolinario Sosa volvió al rancho y dijo a sus
padres: “Miren, miren lo que ha puesto la maestra en el cuaderno”. El padre y la madre miraron y vieron unas
letras coloradas y como no sabían leer pidieron al hijo que les dijera;
entonces Apolinario leyó “Señores padres, les informo que su hijo Apolinario es
el mejor alumno”. Los padres abrazaron a
su hijo porque si la maestra había escrito eso, ellos se sentían bendecidos...:
Sin
embargo, al día siguiente otra niña llevó a su casa algo parecido, esta niña se
llamaba Juanita Chumpas y voló con su mula al rancho para mostrar lo que había
escrito la maestra. “Señores padres, les
informo que su hija Juanita es la mejor alumna”. Pero ahí no terminó todo.
Al otro día Melchorcito Huare llegó
a su casa gritando de alegría: “¡Mire, mamita, mire tata, la maestra me ha
puesto una nota de color colorado!” “Señores padres, les informo que su hijo
Melchor es el mejor alumno”.
Y así habría quedado todo si el hijo
del boticario no hubiera llevado su felicitación, porque apenas Pantaleón
Menouche se enteró de que su hijo era el mejor alumno, dijo: “Vamos a hacer una
fiesta porque mi hijo es el mejor de toda la región. Si vamos a hacer una comida con baile, el
hijo de Pantaleón ha honrado a su padre y por eso voy a festejar como se debe”.
El boticario escribió una carta a la
señorita Virtudes que decía:
“Muy distinguidísima, amabilísima y hermosísima
maestra: el sábado voy a dar una comida en honor de mi hijo, usted es la
primera invitada, le pido que invite a los demás alumnos para que vengan con
sus padres.
Beso sus pies.
Pantaleón Menouche”
Imagínense
el revuelo que se armó, cada niño voló a su casa para avisar de la fiesta.
Como sucede entre la gente sencilla, nadie
faltó , porque bien saben, cuánto valor tiene reunirse, reír, brindar y comer
verduritas asadas, por eso todos bajaron a la casa del boticario que estaba de
lo más adornada.
Enseguida
se armó la fiesta, mientras la señorita Virtudes cantaba una canción. Por fin el boticario dio unas palmadas y
pidió silencio: todos prestaron atención, seguramente iba a comunicar algo
importante porque la fiesta era en grande.
Tomó un banquito, lo puso en el centro del patio, se subió y haciendo
ajem, ajem, ajem, sacó un papelito y leyó el siguiente discurso:
“Señoras,
señores, niños, vecinos y queridos amigos: los he reunido a comer para festejar
una noticia que me llena de orgullo. Mi
hijo, mi muchachito, ha sido nombrado por la maestra Virtudes el mejor alumno,
así es, ni más ni nada menos”.
El
hijo del boticario se acercó al padre y le dio un vaso, entonces el boticario
levantó el vaso y continuó:
“Por
eso señoras y señores, los invitó a brindar por ese hijo que ha honrado a su
padre, a su apellido y a su país. ¡He dicho!”
Contra lo
esperado, nadie levantó el vaso, nadie brindó, nadie aplaudió; al revés, padres
y madres empezaron a mirarse bastante serios.
El primero en protestar fue el papá de Apolinario.
Conrado Sosa : ”Yo no brindo
nada, acá el único, el mejor es mi chico, el Apolinario”. Pero el papá de Juanita, colorado de rabia
dijo: “¡Qué están diciendo!" Acá, la única mejorcita de todos es la Juana , mi muchachita”.
Empezaron
los gritos de los demás, porque cada cual desmentía al otro diciendo que el
único mejor era su hijo y que se dejaran de mentiras. A punto estuvo don Sixto de agarrar de las
trenzas a Dominga Chano de que todo se fuera a estropear, cuando se pudo oír la
voz firme de la señorita Virtudes Choique: "¡Párense, cuidado con lo que
están por hacer! Esto es una fiesta.
Todos
miraron fieros a la maestra. Por fin,
una voz dijo: “Maestra, usted ha dicho mentiras, usted ha dicho a todos lo
mismo” Entonces Virtudes Choique comenzó a reír y dijo: “Bueno, ya veo que ni
acá puedo dejar de enseñar. Escuchen
bien y abran bien las orejas, pero abran también el corazón, ya que si no
entienden, ¡adiós fiesta! Yo seré la
primera en marcharme”. Todos comenzaron
a tomar sus asientos y entonces la señorita habló así:
“Yo
no he mentido, he dicho una verdad que pocos ven y por eso no creen. Voy a darles ejemplos de que digo la
verdad. Cuando digo que Melchorcito
Huare es el mejor no miento, no sabrá las tablas de multiplicar, pero es el
mejor arquero cuando jugamos al fútbol; y cuando digo que Juanita Chumpas, es
la mejor no miento, es la más cariñosa de todas; y cuando digo que Apolinario
Sosa es el mejor alumno, tampoco miento porque aunque no es muy brillante, es
el más dispuesto a ayudar en lo que sea.
Tampoco miento si aquél es el más inteligente pero me callo si no es
servicial, y aquella es soñadora, pero escribe unas poesías preciosas, y aquél
es poco hábil jugando a la pelota pero es el mejor para el dibujo, y aquella es
mi peor alumna en ortografía, pero la mejor de todas cuando se hace un trabajo
manual. ¿Debo seguir explicando? ¿Acaso
no entendieron? Soy la maestra y debo construir el mundo con estos chicos, pues
entonces, ¿con qué levantaré la patria; con lo mejor o con lo peor?”
Los
padres estaba más bien serios, los hijos sonreían contentos, poco a poco cada
cual fue buscando a su chico y lo miró con ojos nuevos, porque siempre habían
visto los defectos y ahora empezaban a sospechar que cada defecto tiene una
virtud que le hace contrapeso y que es cuestión de subrayar, estimular y
premiar lo mejor, porque con eso se construye lo mejor.
Cuenta
la historia que el boticario rompió el silencio diciendo: “A comer, todo está
listo y el festejo hay que multiplicarlo por 56.”
Comieron
más felices que nunca y jugaron y bailaron hasta muy tarde.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)