lunes, 19 de marzo de 2012

“El vendedor de globos”


Era una fiesta patronal, de esas fiestas lindas. El pueblo, ni muy grande ni muy chico, se había llenado de mucho color y de muchos vendedores ambulantes, y entre los vendedores ambulantes había llegado un vendedor de globos, con tanto años encima como globos por vender.

Ya era casi medio día y no había vendido ningún globo. Claro, los chicos andaban medios escasos de plata y entonces lo que querían era comprar aunque fuese un chocolatín, cualquier cosa pero no un globo, que no les era muy útil.

Entonces al anciano se le ocurrió una idea: sacrificar un globo. Agarró el globo colorado que tenía y lo soltó. No faltó un chico que le dijera a su mamá: -¡Mira! ¡Un globo!
-Ah, sí, se le habrá escapado al señor.

Al ratito el hombre soltó un globo verde y enseguida un globo blanco. Que se empezaron a perseguir por el cielo. Y claro: ya todo el mundo empezó a señalarlos. Después soltó los globos más lindos que tenía: dos azules y uno amarillo. Entonces, claro, frente a todos esos globos que empezaban a perseguirse, pasaban entre las ramas y ascendían, claro, todos los niños empezaron a rodear al vendedor de globos y a pedir: ¡yo quiero un globo mamá!

Bueno, la cuestión es que el tipo vendió todo el resto de globos. Sacrifico cinco pero vendió decenas.

Pero había un negrito, de unos cinco años, de esos negritos que son realmente como cartera de viuda, porque son negros hasta la manija; esos negritos típicos de este pueblo de América Central, preciosos, muy chiquitos, con esos pelitos bien apretaditos, como motitas, con unos ojos blancos hermosos con su centro negro. Pero este negrito estaba triste, descalzo, con el pantaloncito roto, un solo tirante y dos lagrimones que le caían por el rostro. El negrito miraba a los otros chicos.

Y entonces el señor de los globos se dio cuenta del negrito y le preguntó: - Colocho... - colocho le dicen allá -... ¿quieres un globo?

- Eh, no.... – respondió el negrito sacudiéndose los mocos.
- ¿Cómo que no?... Ten, te regalo uno. Elige el globo que más te guste y te lo regalo.
- No, gracias.
- Pero, ¿no quieres un globo?
- No.
- Entonces, ¿qué es lo que te pasa? ¿Por qué lloras?

Y el niño, viéndolo tan bueno al anciano, le dice: “Señor, usted no ha querido soltar ese globo negro que tiene ahí… ¿Es porque si lo suelta será que no sube tan alto como los otros globos?”

Porque la cuestión no era tener o no tener un globo, sino ser o no ser como los demás. Entonces el señor se emociona tanto que desata el globo negro, se lo entrega y le dice: “Ten, haz la prueba...”

Y el chico suelta el globo, y cuando ve que sube raudamente, entrelazándose con las blancas nubes, empieza a saltar, a cantar en ritmo de merengue, de salsa, feliz, muy feliz que el globo negro también había subido por los cielos.

  
a Sai Baba.



Entonces el hombre queda tan impresionado que se le acerca, le acaricia la cabeza, y le dice: “Te voy a decir un secreto. Lo que hace subir pa` arriba no es ni el color ni la forma, es lo que tiene adentro.”

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