Era una fiesta patronal, de esas fiestas
lindas. El pueblo, ni muy grande ni muy chico, se había llenado de mucho color
y de muchos vendedores ambulantes, y entre los vendedores ambulantes había
llegado un vendedor de globos, con tanto años encima como globos por vender.
Ya era casi medio día y no había vendido ningún globo. Claro, los
chicos andaban medios escasos de plata y entonces lo que querían era comprar
aunque fuese un chocolatín, cualquier cosa pero no un globo, que no les era muy
útil.
Entonces al anciano se le ocurrió una idea: sacrificar un globo. Agarró
el globo colorado que tenía y lo soltó. No faltó un chico que le dijera a su
mamá: -¡Mira! ¡Un globo!
-Ah, sí, se le habrá escapado al señor.
Al ratito el hombre soltó un globo verde y enseguida un globo blanco.
Que se empezaron a perseguir por el cielo. Y claro: ya todo el mundo empezó a
señalarlos. Después soltó los globos más lindos que tenía: dos azules y uno
amarillo. Entonces, claro, frente a todos esos globos que empezaban a
perseguirse, pasaban entre las ramas y ascendían, claro, todos los niños
empezaron a rodear al vendedor de globos y a pedir: ¡yo quiero un globo mamá!
Bueno, la cuestión es que el tipo vendió todo el resto de globos.
Sacrifico cinco pero vendió decenas.
Y entonces el señor de los globos se dio cuenta del negrito y le
preguntó: - Colocho... - colocho le dicen allá -... ¿quieres un globo?
- Eh, no.... – respondió el negrito sacudiéndose los mocos.
- ¿Cómo que no?... Ten, te regalo uno. Elige el globo que más te guste
y te lo regalo.
- No, gracias.
- Pero, ¿no quieres un globo?
- No.
- Entonces, ¿qué es lo que te pasa? ¿Por qué lloras?
Y el niño, viéndolo tan bueno al anciano, le dice: “Señor, usted no ha
querido soltar ese globo negro que tiene ahí… ¿Es porque si lo suelta será que
no sube tan alto como los otros globos?”
Porque la cuestión no era tener o no tener un globo, sino ser o no ser
como los demás. Entonces el señor se emociona tanto que desata el globo negro,
se lo entrega y le dice: “Ten, haz la prueba...”
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