Asi lo hizo, guardo las mil monedas de oro en el fondo del tarro y luego lo lleno con aceitunas. Después de esto, se dirigió con un amigo suyo que tenia fama de honrado y le pidió el favor de que guardara el tarro de aceitunas hasta que regresara de su viaje. El amigo no solo le permitió guardar el tarro en el almacén, sino que hasta le dio las llaves de este para que Ali mismo eligiera el lugar donde colocaría su tesoro. Poco después, Ali Cofia se despidió de sus parientes y amigos y emprendió su viaje con dos camellos cargados de telas muy finas que pensaba vender en la meca, aprovechando su viaje.
Después de que cumplió con su promesa de visitar la ciudad sagrada, se dirigió al mercado para vender las telas que llevaba. Al llegar hay, escucho a alguien decir –si este comerciante supiera que bien podría vender estas telas en el Cairo, seguro que no vendría a venderlas a este mercado.
Estas palabras hicieron que Ali cambiara de opinión, así que recogió sus telas y se dirigió a Egipto, donde efectivamente pudo vender muy bien todas las telas que llevaba. Tan bueno resulto el negocio, que decidió aprovechar este viaje para conocer mejor ese hermoso país. Luego conoció Persia, luego Mosul y otros países, siempre comerciando, de modo que en estos viajes paso siete años.
Mientras tanto, una noche, la esposa del mercader al que le había dejado encargado su tarro de aceitunas, tuvo un gran antojo de comer estas.
Mujer – le dijo su marido--, tu antojo es fácil de cumplir, porque, recordaras que mi amigo Ali antes de marcharse me dejo encargado un gran tarro de aceitunas. Y hace tanto tiempo que hizo esto… y como no sabemos nada del seguro es que le ha ocurrido algo, ¡quien sabe! A lo mejor hasta ya se murió. ¿Por qué no me das una lámpara y bajo al almacén a buscar unas cuantas aceitunas del tarro? – ¡ni lo quiera ala!, ¡como se te ocurre semejante idea¡ -- replico la mujer del mercader--. Cuando alguien nos confía algo en depósito debemos respetarlo. Uno no sabe si Ali regresara un día u otro, y si no encuentra su tarro tal y como el lo dejo, ¿Qué pensaría de ti? No, mejor deja el tarro como esta y no lo toques… además, ya no tengo antojo de aceitunas.
Pero, a pesar de todos estos sabios consejos, el mercader no hizo caso a su mujer, tomo una lámpara y bajo al almacén a buscar aceitunas. Destapo el tarro y encontró que las aceitunas tenían tanto tiempo guardadas que se habían podrido. Sin embargo, el mercader tuvo la esperanza de que las del fondo atuvieran todavía buenas, asi que vacío el tarro, y al vaciarlo empezaron a caer unas cuantas monedas.
Al ver el oro, el mercader se volvió loco de ambición. Dejo las monedas, guardo nuevamente las aceitunas y volvió a tapar el frasco. A su mujer le dijo que tenía razón, que las aceitunas estaban podridas y que había vuelto a tapar el tarro dejándolo como estaba.
Ala mañana siguiente el mercader, sin decir nada, tomo las mil monedas de oro, para lo cual tuvo que sacar todas las aceitunas podridas, y luego lleno el tarro con aceitunas frescas que recién había comprado; tapo el frasco y dejo todo como estaba antes.
Ali Cofia, por su parte, finalmente, decidió regresar a su ciudad. Al llegar a Bagdad tuvo que hospedarse en una posada, puesto que recordaran que su casa y su tienda las había alquilado antes de partir. Unos días depuse de que había arreglado ya varios asuntos de negocios, se decidió a ir con su amigo el mercader honesto al cual le había encargado su tarro de aceitunas. El otro mercader lo abrazo y lo felicito por su feliz regreso y le entrego la llave del almacén para que le mismo tomara su tarro. Ali le dio las gracias y se llevo su cargamento a la posada donde se hospedaba. Ali vació las aceitunas, que todavía están muy frescas, pero del dinero ¡no había nada!
Inmediatamente Ali fue a reclamar sus monedas. ---amigo--- le dijo al mercader---, vengo a decirte que el tarro de aceitunas que te confié no solo contenía aceitunas, sino mil monedas de oro que yo mismo coloque en el fondo y estas han desaparecido. Si tu las tomaste porque necesitabas el dinero esta bien, podemos arreglarlo… ---pero, ¿Qué acaso me estas diciendo que soy un ladrón? --- replico el mercader ---. Cuando trajiste tu tarro, tu mismo lo pusiste en el lugar en el que lo encontraste. Nadie ha tomado nada y tal parece que no sabes agradecer un favor. ¡Ahora márchate de mi casa! Ali no sabia que hacer, así que se dirigió al tribunal donde llevo su caso, pero como era la palabra de Ali contra la del mercader, el juez no supo que hacer. Frustrado y triste Ali decidió llevar su caso directamente con el califa como ultima esperanza. El califa tampoco sabía como resolver este problema. ¿A quien le aria caso, quien estaba mintiendo? Muy concentrando en este asunto, el califa salio a dar un paseo por la tarde. Al día siguiente mando llamar a los dos hombres, quienes presentaron nuevamente cada quien su punto de visto. Uno reclamando que había dejado de mil monedas de oro de un tarro de aceitunas, el otro negando contundentemente que tales monedas existieran. Finalmente, el califa mando llamar a dos expertos aceituneros a quienes les presentaron el tarro de aceitunas, tomo una y se la dio a uno de los aceituneros.
--- ¿Qué te parecen?--- pregunto califa.
--- excelentes, señor--- opino el aceitunero
--- están muy frescas, deben de ser de este año.
---debes estar equivocado
---dijo califa --- porque estas aceitunas fueron puestas en el tarro hace siete años.
--- señor, que las pruebe el otro aceitunero, pero yo le aseguro que son de este mismo año.
El otro experto probó también las aceitunas, corroborando lo que sabia dicho el primero.
De esta forma, el califa supo como resolver este problema. Castigo al mercader que había sido deshonesto y mal amigo, y a Ali Cofia le fueron devueltas sus mil monedas de oro