martes, 17 de abril de 2012

Piky y el Puerco Espín


PIKY EL PUERCO ESPÍN




Piky era un puerco espín. Tenía un aspecto muy gracioso. Parecía una bolita de espinas, con sus ojos brillantes y su hocico puntiagudo. Al verlo los demás animales del bosque solían acercarse a él, queriendo conocerlo. Pero cada vez,  que alguno de ellos se le aproximaba, Piky se sentía incomodo y de pronto, sin poderlo remediar, sus espinas se erizaban y ¡zas! El otro animal terminaba con la nariz pinchada y la cara lastimada por las espinas.

Muy pronto, todos sabían que no había que acercarse a él, pues resultaba peligroso. Era imposible saber como iba a reaccionar.

Un día Piky se paseaba solo por el bosque, como de costumbre, y estaba muy aburrido. Le hubiera gustado mucho tener amigos para jugar con ellos, pero en cuanto veía otro animal éste salía huyendo rápidamente. Trató de correr tras ellos, para invitarlos a jugar, pero cuanto más corría él, más rápido escapaban los otros.

Ese día, Piky vio al lado de un árbol, a un animal que, extrañamente permanecía inmóvil.
Era la liebre Orejas Largas, que estaba allí descansando. Piky se aproximó lentamente, para no asustarla. Se sorprendió al ver, que Orejas Largas no huía, sin embargo estaba temblando.

-         ¿Por qué te quedas allí? – le preguntó

-         No me hagas daño, te lo suplico.- Le dijo - ¡Me he fracturado una pata!

Piky sintió que sus espinas se bajaban, pues no corría ningún peligro, y además alguien lo necesitaba.

-         Me quedaré contigo – le dijo – Te voy a ayudar, me encantará hacerlo.

Nuestro amigo se quedó varios días con Orejas Largas, cuidándola y llevándole alimento y todo lo que necesitaba, hasta que su pata se curó. Así, Piky tuvo un amigo, el amigo que tanta falta le hacía.

Un día, Orejas Largas, le dijo a Piky:

-         Me voy, quiero volver a ver a mis amigos.-

-         ¿Por qué no te quedas conmigo? Estamos muy bien aquí – le dijo Piky – mis espinas ya no se erizan cuando estoy contigo. ¿Me vas a abandonar?

Al decir esto, nuestro amigo sintió, que sus espinas se enderezaban de nuevo, sintió enojo y miedo

-         Tranquilo, no te voy a abandonar – dijo Orejas Largas – Si quieres te presentaré a mis amigos.

-         ¡De acuerdo! – dijo Piky emocionado – Te espero aquí, ¡Vuelve pronto! – Y sus espinas se bajaron otra vez.

Y de ese modo, día tras día, Orejas Largas fue a buscar a sus amigos y, con mucho cuidado, enseñó a Piky, a no tener miedo, a acercarse a  los demás a jugar y a dejar que lo acariciaran sin erizar sus espinas.

De vez en cuando, las espinas de Piky se erizaban sin avisar. En estos casos, Orejas Largas, lo invitaba a tranquilizarse rápidamente, y pedía a los demás animales que no huyeran y que volvieran con el, precisamente para ayudarle a aprender a no erizar sus espinas. Poco a poco, nuestro puerco espín consiguió permanecer tranquilo y mantener sus espinas a lo largo de su cuerpo. Cada vez tuvo más amigos, que aprendieron a conocerlo y a apreciarlo.

Cuando terminó la temporada, Piky irradiaba felicidad. Estaba rodeado de amigos, y todos querían pasear, jugar, o simplemente estar a su lado.



                                                                                     Michel Dufour

El Milagro Guitarrero


El MILAGRO GUITARRERO




Esta es la historia de un rey petiso, gruñón y cascarrabias.

Aquel rey no quería risas, fiestas de cumpleaños, ni juegos. Si los chicos salían a la vereda, llevaban un caramelo pirulín en la boca. ¿Saben para qué? Para no gritar, reírse ni cantar “buenos días su señoría, mantantiru- liru-la. ¿Se imaginan qué lugar más triste?

Pero cierta vez, antes de dormirse un chico dijo a Dios:

-         Padre de la alegría: te pido que algún día podamos cantar remontar barriletes y jugar a las esquinitas..

Cuando Dios se enteró del pedido, pensó un ratito. Después llamó a un ángel que era músico, y que siempre andaba con su guitarra de acá para allá.

-         Vas a viajar a la Tierra- le dijo Dios.

Y el ángel pensó que tenía que tocar en una guitarreada. Pero Dios sonrió y contestó:

-         Nada de eso, mi lindo. Tenés que enseñar a sonreír a un rey.

Claro el angelito se asustó un poco.

-         ¡Nada menos que a un rey! Me da susto, Dios...Siempre ayudé a chicos, y con los

chicos todo es más fácil...pero...¡a un rey...!

Entonces Dios sonrió y explicó.

-         No se ponga así, mi pequeño. Los poderosos son buenos... solo que a veces están un   

poco solos, eso es todo. Por eso, tal vez, tengas que regalarle...tu guitarra...

-         ¿Mi guitarra? – dijo el ángel- ¡no me pidas eso...! Vos sabes lo difícil que es

conseguir una guitarra...¿No tengo más remedio que dársela?

Y mirando la Tierra, Dios dijo:

-         La paz bien vale una guitarra, mi pequeño. Y... quién te dice, si haces bien las

cosas, por ahí tenés un premio a la vuelta...

Entonces el ángel guitarrero confió en Dios. Tuvo fe. Y esa misma noche partió hacia la Tierra. Al llegar escondió sus alas, y disfrazado de chico golpeó la puerta del palacio.

-         ¿Quién hace escándalo? – Vociferó el rey desde su cama - ¡Cómo se atreven a estas horas!

-         Soy yo, señor rey... ábrame...- dijo el angelito haciendo linda voz....

-         ¡Justo cuando estaba soñando que ganaba una batalla...! – gritó el rey revoleando los puños.

Por fin encendió la vela, se echó la capa de rey sobre el pijama, y se puso la corona. Después abrió pasadores, candados, cerraduras y cadenas, y se asomó a la puerta. El angelito sonreía. Al verlo el rey gritó:

-         ¡Un chico! ¡Yo sólo recibo visitas importantes!

-         Hola, don rey... –dijo el pequeño – Buenas noches, ¿Estás bien?

-         ¡Ni siquiera sabes hacer la reverencia! – dijo el rey tan enojado que casi se le cae la corona.

-         Vengo a hacerte un regalito. Para vos

-         ¿Cómo?  Regalitos...¿Regalitos a mi...? ¿Al rey? Ay, que lindo... Pero, pasa de una vez, que hace frío.

Al entrar, el ángel vio que la casa del rey era un poco tristona. No había ni una flor, imagínense. Las ventanas están cerradas con trancas y cadenas. Había retratos de señores enojados. Y en una jaulita bostezaba afligido un gorrión embalsamado.

-         Con razón no está contento. Vivís muy solo. ¡No tenés ni una maceta con un geranio!

Entonces el rey suspiró, se quitó la corona y se sentó en el suelo. Mientras se rascaba la cabeza, habló despacito:

-         Y, para eso soy  rey. Mi deber es estar siempre enojado. A mí me enseñaron que

la alegría es algo poco serio...

-         ¡Nada de eso rey...! – gritó el ángel disfrazado - ¡Al revés! Todos quieren quererte

Y vas a ver que lindo es querer a todo tu pueblo.

El rey quedó pensativo. Al ratito dijo:

-         Este... ¡ejem, ejem...! Vos... digo yo, ¿serías capaz de quererme a mí?

El ángel no lo pensó dos veces. Ahí nomás le dio al rey dos abrazos suavecitos y como cinco besos juntos.

Y claro el rey petiso se puso colorado de gusto. Enseguida pidió más.

Con los mimos, el rey hacía fuerza para no sonreír. Pero no pudo al final lo venció el amor...¡y sonrió!

Cuando sonrió por segunda vez, se acordó de un cantito que no cantaba desde que era chico. Cuando terminó de cantar, el ángel le dijo:

-         Tomá esta guitarra es par vos. Te pido que la cuides mucho...

En medio del silencio azul de la noche, el rey pulsó las cuerdas. Y se pudo escuchar un sonido muy dulce y melodioso.

Aquel sonido despertó a las palomas blancas. Y las palomas blancas, alborotaron a las campanas. Y las campanas cantaron “din, don,” locas de contentas. Y entonces el sol obediente amaneció. Y la gente despertó.

Al ver estos milagros, el rey se entusiasmó y tocó una chacarera doble.

Entonces la gente fue reuniéndose frente al palacio. Al terminar la música sonó bien fuerte un aplauso. Y todos gritaban vivas y hurras a su rey.

Poco a poco, el monarca olvidó guerras y pleitos. Salía en bicicleta por esos caminos del reino con la guitarra al hombro. Allá se iba a dar conciertos a su gente, que poco a poco aprendía a cantar

Desde aquel día la paz fue posible.

Y en el cielo funciona una fábrica de guitarras.

Carlos Joaquín Durán

El Sapo Verde


EL SAPO VERDE



Humberto estaba muy triste, entre los yuyos del charco. Ni ganas de saltar tenía. Y es que le habían contado, que las mariposas del jazmín, andaban diciendo que era un sapo feo, feúcho, feísimo, re-feo.

-         Feúcho,  puede ser... - dijo mirándose en el agua oscura, - pero tanto como re-feo...  Para mí que exageran...  Los ojos un poquito saltones, eso sí. La piel, un poco gruesa, eso también. Pero, ¡Qué sonrisa!

Y después de mirarse un rato, le comentó a una mosca curiosa, pero prudente, que andaba dando vueltas sin acercarse demasiado.

-         Lo que a mí me falta, son los colores. ¿No te parece? Verde, verde, todo verde Porque pensándolo bien, si tuviese colores sería igualito a las mariposas.

La mosca, por las dudas, no hizo ningún comentario.

Humberto se puso la boina, y salió corriendo al almacén de los Bichos.

Timoteo, uno de los ratones más atento, que se viera nunca, lo recibió, como siempre, con muchas palabras.

-         ¿Qué lo trae por aquí, Don Humberto? ¿Anda buscando fosforitos para cantar de noche?   A propósito tengo una boina a cuadros, que le va a venir de perlas.

-         Nada de eso, Timoteo. Ando necesitando colores.

-         ¿Piensa pintar la casa?

-         Usted ni se imagina, Timoteo, ni se imagina

Y Humberto, se llevó el azul, el colorado, el fucsia y el anaranjado. El verde no, porque ¿Para qué puede querer el verde, un sapo verde?

En cuanto llegó al charco, se sacó la boina, se preparó un pincel con pastos secos y empezó: una pata azul, la otra anaranjada, una mancha amarilla en la cabeza, una estrellita colorada en el lomo, el buche fucsia. Cada tanto se miraba en el espejo del charco.

Cuando terminó, tenía mas colorinches, que la más pintona de las mariposas. No le quedaba ni un pedacito de verde, igualito que las mariposas.

Estaba tan alegre, que saltó tanto, que las mariposas del jazmín lo vieron y vinieron en bandada hasta el charco.

-         ¡Más que feo, re-feísimo! – dijo una de pintitas azules, tapándose los ojos con las patas.

-         ¡Feo, feo, feo! – dijo otra, sacudiendo las antenas de las carcajadas

-         Un sapo no es una mariposa – dijo otra

-         Lo único que falta, es que quiera volar – terminó otra

¡Pobre Humberto! Y él que estaba tan contento, con su corbatita fucsia. Tanta vergüenza sintió, que se tiró al charco para esconderse, y se quedó un rato largo en el fondo, mirando como las aguas le borraban los colores

Cuando salió, todo verde, como siempre, todavía estaban las mariposas, volando y riéndose.

-         Sapo verde. Sapo verde. – le gritaban

Pero en eso, pasó una calandria lindísima. Linda con ganas, requetelinda, tan linda que las mariposas, se callaron para mirarla revoloteando entre los yuyos.                                     1                                         

Al ver el charco, bajó para tomar agua, y peinarse las plumas con el pico. Lo vio a Humberto en la orilla, verde, triste y solo. Entonces dijo, en voz bien alta:

-         ¡Que sapo tan buen mozo! ¡Y qué bien le sienta el verde!

Humberto le dio las gracias, con una sonrisa gigante de sapo, y las mariposas, perdieron los colores de pura vergüenza, y así anduvieron, caiduchas y transparentes todo el verano.

El sapo verde nunca mas se sintió feo, y alegraba siempre la laguna con su canto feliz.



Adaptación                                                               Graciela Montes

Rapidin y la Sirena


RAPIDÍN Y LA SIRENA



Rapidín era un pez pequeño y juguetón, que parecía todo de oro, porque cuando nadaba cerca de la superficie del mar, los rayos del sol se reflejaban en su cuerpo. Era muy inteligente, y también tenía un corazón de oro. Todos lo querían y él era amable con todos los que lo rodeaban.

Sin embargo, le resultaba muy difícil quedarse quieto. Cuando estaba con sus amigos, y debía escuchar al Gran Delfín, que era el que enseñaba todo respecto al mar donde vivían, no lograba dejar quietas, ni su cola, ni sus aletas.  Se movía en todas direcciones, nadaba a izquierda o derecha, todo el tiempo sin parar.

Un día en que estaba especialmente inquieto, vio aparecer una sirena, que le hizo señas de que se acercara. Rapidín se sintió impresionado, porque aunque había escuchado hablar mucho de sirenas, era la primera vez que veía una de verdad.

La sirena le habló con amor, le dijo que había observado su necesidad de moverse continuamente.  Rapidín le explicó que había intentado todo, pero no lograba controlarlo, era mas fuerte que el.

Entonces la sirena le pidió que moviera la cola, y luego la dejara quieta. Rapidín lo hizo sin problemas. Después le pidió que hiciera lo mismo con las aletas, y pudo hacerlo.

La sirena le explico, que su cabecita era la que controlaba todo su cuerpo. Rapidín lo comprobó, cada vez que pensaba, -“cola quédate quieta” – la cola le obedecía.

Se puso muy contento, y le agradeció a la sirena sus consejos. Ella antes de irse, le dio otra enseñanza muy valiosa. Le dijo que si quería que su cabecita tuviera aún mas poder, solo tenía que hacer varias respiraciones profundas y lentas varias veces al día, pero sobre todo cuando empezaba a ponerse inquieto.

Rapidín puso en práctica todo lo que la sirena le enseñó, sabía que era una gran suerte haberla conocido. Pronto aprendió a controlarse y hacer bien todo lo que se proponía.

El Gran Delfín le dio un diploma, por haber mejorado tanto en sus clases. Porque ya no estaba nervioso, y su aprendizaje era cada día mejor.



                                                                                   MICHEL DUFOR

La Hormiguita Vicky


LA HORMIGUITA VICKY



Había Una vez una hormiga que no quería trabajar. Vicky prefería mirarse las patitas, jugar y correr. Cualquier excusa era buena para no trabajar. Sin embargo se aburría mucho porque no tenía con quien jugar, las otras hormigas, preferían trabajar cuando había que hacerlo, y jugar cuando llegaba la hora de jugar.

Un día en que Vicky se había ido al bosque, llegó al hormiguero, un hada hormiga voladora. Este hada explico al grupo, que estaba buscando la mejor hormiga del mundo, y que para ello iba a hacer un concurso, Cada hormiga, podría acumular puntos, si trabajaba, cuando fuera la hora de trabajar,  jugaba en el momento oportuno, y si también tenía muchos amigos. El hada vigilaría el desarrollo del concurso

Así, las hormigas se pusieron a trabajar, porque cada una de ellas sabía, que podía ganar.

Parecían infatigables, sus finas patas estaban siempre en movimiento, no sentían el cansancio ni los calambres.

Cuando Vicky regresó al hormiguero, encontró que había mucho trajín. Nadie le habló, no había tiempo. Todas las hormigas cantaban, sonreían, y transportaban provisiones. Ella se sintió un poco aislada. Al atardecer, por fin, logró saber lo que pasaba y porqué todo el mundo estaba tan agitado.

Entonces se dijo, que quería ganar el concurso y, sobre todo que era capaz de ganarlo.

Desde el día siguiente, nuestra hormiga acompañó a las otras al trabajo. Al principio sus patitas se cansaron mucho porque Vicky, no estaba acostumbrada a jornadas tan largas.

Sin embardo, no se desanimó, pues quería ganar el concurso y convertirse en la mejor hormiga del mundo.

Trabajó cuando debía trabajar y jugó cuando era el momento de jugar. Consiguió muchos amigos porque estaba siempre contenta y era muy agradable trabajar con ella.

Luego llegó el momento de la gran final. Todas las hormigas inscriptas  en el concurso, estaban ansiosas. Finalmente el hada hormiga voladora, nombró a la ganadora:

-“Por haberse esforzado mucho, y haber mejorado su rendimiento, nombro ganadora a la hormiga Vicky”-

Todos aplaudieron. ¡Se sentía tan contenta y orgullosa de si misma! El hada , le entregó un certificado y también un secreto.

El hada le dijo: “Serás siempre muy trabajadora,  y cuando sientas que tus patitas están cansadas, o te falta ánimo, harás tres respiraciones profundas, y entonces te envolverá una nube azul, que te dará fuerzas y el valor que necesites para continuar. Solo tu podrás ver esa nube. De este modo, seguirás siendo la mejor hormiga del mundo”



                                                                              Michel Dufour


Pablito


Pablito volvió del colegio y como siempre, entró corriendo. Pasó por la cocina le dio un beso grandote a su mamá;  colgó el guardapolvo en su perchero, dejó los útiles, y siguió su carrera hacia el patio de atrás, con el grito de todos los mediodía en la voz:

-¡Tobi. Tobi! Ya llegué.-

Pero no sintió las patitas de Tobi sobre su pecho  como siempre. Extrañado volvió a llamarlo varias veces, sin advertir que su mamá estaba también en el patio, detrás de él.

Cuando la vio, su expresión de tristeza, le cerró la garganta de angustia.

-¿Dónde está Tobi?-

Pero no esperó la respuesta. Los ojos de su madre, se la habían dado, antes que las palabras entrecortadas que salían de sus labios.

Corrió a su cuarto y se arrojó sobre la cama a llorar amargamente.

La mamá se sentó a su lado, y lo dejó llorar todo lo que necesitara. Cuando por fin Pablito pudo hablar, solo dijo:

-¿Por qué?

La mamá por respuesta, tomó el libro de cuentos que su hijo conocía tan bien, y leyó.



En el fondo de la fuente que hay en la plaza del pueblo, vive una familia de larvas. Son muy unidas y se cuentan sus secretos y sueños. Un día una de ellas sintió un gran deseo de subir por un tallo de lirio, que creció en la fuente, y les dijo a sus amigas:

-         Iré hasta la superficie del agua, veré que hay fuera del estanque y volveré a contarles.

Pero nunca regresó. Las larvas no podían entender, como había olvidado su promesa.

Al poco tiempo, una de ellas quiso repetir la aventura, pero antes prometió no hacer lo mismo que la que había ido primero,

-         Yo volveré, se los prometo. ¡Cueste lo que cueste, volveré!

Comenzó a caminar por un fino tallo y cuando finalmente estuvo fuera, se puso a descansar

sobre una hoja. 

El sol calentó su cuerpecito, y empezó a sentir, que cambiaba, que se desprendía de él. 

 Era una transformación muy bella, ahora tenía alas transparentes. Las agitó y se dio cuenta que podía volar.

Miró a su alrededor, y un mundo desconocido atrajo su atención.

¿Qué eran esas bellísimas cosas, agarradas de tallos como los que crecían en la fuente?

-         ¡Pero si ahora tengo alas! Puedo volar y ver de que se trata. – Se dijo

Al llegar se encontró con que alguien salía de adentro.

-         ¿Quién eres? – preguntó

-         Soy abeja, estoy recolectando néctar para hacer miel

-         ¿Qué es esto?

-         Una flor.

-         ¡Que hermosa! Donde yo vivía no había flores.-

Al decir esto, recordó su promesa de volver al fondo de la fuente, para contarles a sus amigas las cosas que había visto en este nuevo lugar.

-         ¡Chau abeja! Tengo que volver con mis amigas.

Voló de vuelta a la hoja de la que había partido, desde allí podía ver a sus amigas. Al dirigirse hacia el agua, se vio reflejada. Entonces comprendió, que no podría cumplir su promesa.

Sus amigas no  hubieran reconocido este nuevo, bello y radiante cuerpo que ahora tenía.

Además estaba preparado para otro espacio, en el aire libre, no debajo del agua.

Sintió un poquito de pena, pero enseguida se dio cuenta, que llegaría el día en que ellas también conocerían este otro lugar, fuera de las aguas de la fuente.

Pablito miró a su mamá, y preguntó:

      -     ¿Tobi estará en algún lugar mas lindo?

-         Así es hijo, los cuerpos no duran siempre, pero el alma sí.

-         ¿Tobi tenía alma?

-         Todos los seres, son creación de Dios, y Dios esta en todo lo que creó y es eterno.

-         ¿Podré querer a otro perrito, algún día?

-         Tu amor por Tobi, ¿está aún en tu corazón?

-         ¡Si mami!

-         Bueno, no tienes mas que trasladarlo a otro perrito que lo necesite.

Pablito abrazó fuerte a su mamá, y sintió que su corazón se llenaba de ternura.

Mirta Pedalino

La Mona Detective


LA MONA DETECTIVE



Monona es una mona muy inteligente. Vive con su familia, en los árboles de la selva, comiendo frutas y brotes tiernos de las ramas.

Duerme la siesta en una camita que se hizo entre los árboles bien altos, a la sombra.

Cuando se levanta, juega a las monerías, con sus hermanos y primos monos, que siempre  vienen a visitarla.

Pero a Monona, lo que más le gusta es investigar. Se sienta pacientemente a estudiar las hormigas, para aprender la forma ordenada que tienen de trabajar.

Se va por las ramas bien lejos, buscando un panal de miel, y observa cómo las abejas la preparan, con el néctar que traen de las más lindas flores de la selva.

Estudia a los pájaros, y ve como arman sus nidos y cuidan de los pichoncitos.

Mira con atención, como camina la serpiente, que no tiene patas.

A veces, vuelve a casa con un picotón de abeja, o un chichón por caerse de alguna rama muy alta. Pero vuelve contenta, porque a ella le gusta curiosear.

No se conforma con lo que le cuentan los otros monos, le gusta saber. Si en la selva hubiera libros y Monona aprendiera a leer, ella solita podría escribir uno con todo lo que aprende observando pacientemente a los animales, las plantas, las nubes. Le gusta juntar flores de diferentes colores, y hojas de árboles y las guarda. Mira con atención la marcha de los elefantes y no tiene miedo a los leones, porque ya sabe que ellos no pueden subir, adonde está ella.

Los otros monos le hacen burla, pero ella no les hace caso y se va de rama en rama, en busca de algo interesante para aprender.

Un día la mamá de Monona, le hizo una gran torta de cumpleaños, cubierta de bananas, higos y cerezas. La dejó sobre una piedra para que se enfríe, mientras iba a buscar el dulce de leche para decorarla.

Cuando volvió, la torta ya no estaba más. La buscó por todas partes, y nada. Alguien la había robado. ¿Pero quién?

La noticia corrió de boca en boca y cuando todos estuvieron enterados, comenzaron a preguntarse quién se había llevado la torta de Monona.

-         Yo no fui- dijo uno

-         Yo tampoco – dijo otro

-         ¿Nadie fue? - preguntó Monona

-         ¡Nadie! – le contestaron todos

-         Entonces, yo voy a descubrir quien fue, ya verán- dijo Monona, y se puso a mirar muy seria el lugar de donde la torta había desaparecido.

-         Era una torta muy grande, así que el que se la llevó debe tener mucha fuerza, y también dos manos- pensó

-         Así que los pájaros no pueden ser. Si se la llevó caminando, debería haber dejado huellas, y huellas de pies aquí no hay – siguió pensando.

-         Así que elefantes no pueden ser y jirafas tampoco. Tiene que haber venido por las ramas, colgándose de la cola o de los pies para poder llevar la torta con las manos

Dando vuelta y vueltas, alrededor de la piedra, Monona encontró pedacitos de fruta caída.

-         Ajá, se fue por acá –descubrió.

Y siguiendo el rastro, llegó casi hasta el borde del bosque, hasta donde viven los gibones, que son monos, que son monos que viajan por los árboles, andando con manos y pies.

Y justo bajo un árbol encontró a dos monos gibones, relamiéndose  de gusto, a punto de comerse la torta.

-         ¡Piedra libre para mi torta de cumpleaños!  - gritó Monona, y los monos sorprendidos huyeron por los árboles.

-         Acá está mi torta, mami. – Dijo Monona llegando a su casa.

-         Por ser tan estudiosa e inteligente, resolviste el misterio hija- le dijo su madre.

-         ¡Que tengas un muy Feliz Cumpleaños! Y todos los monos aplaudieron



Fuente: Los cuentos de jardincito                                   Autora: Lili del Vals

MARIA CHUCENA TECHABA SU CHOZA


Maria Chucena techaba su choza



Otra vez más, Chola, la chanchita, techaba su choza, y seguro que el viento pasaría jugando y silbando y se lo llevaría hasta las nubes, como si fuera un barrilete.

Al verla afligida, un techador que por allí, pasaba, le dijo:

-         ¿Qué pasa doña Chanchita? ¿Está techando otra vez su choza, o techa la ajena?

-         No techador, no es la choza ajena. Estoy techando mi choza, porque el viento ha vuelto a pasar, jugando y silbando...

-         ¡Oh!...¡Que calamidad, señora Chola!

-         Si, es un gran inconveniente, pues fíjese usted, señor techador, que esta noche vendrán a visitarme, mis amigos Lucho, Pirucho, y Pucho, y seguramente se sentirán muy incómodos en una casa sin techo. ¿Qué le parece amigo?

-         Mmmmm... Le daré una idea. ¿Qué opina si le pedimos ayuda a Maria Chucena? Ella sabe techar a las mil maravillas su choza y la choza ajena.

-         ¡Tiene razón... ! ¿Usted cree que aceptará?

-         No se preocupe doña Chanchita... Vendrá. Y mientras usted, prepara cosas ricas para sus invitados, nosotros compondremos su techo.

Y entonces vino María Chucena, con su escalera hecha con ramas de primavera. Y mientras Chola, hacía la sopa, ella techaba la choza ajena, con muchas pajas y zunchos, con varios tallos de enredadera sin ningún pinche.

El techador sujetó todo con tachuelas y moños de chala de choclo en las esquinas.

Y cuando el viento pasó, jugando y silbando, frente a la choza de doña Chola, le dijo a las nubes:

-         ¡No! Esta vez no la toco. ¡Está muy linda!

En la primavera, las ramas de enredaderas florecieron y los pajaritos anidaron, cantando en el techo de la choza, que había techado María Chucena.



Fuente: Los cuentos de jardincito

Payaso Plin Plin


payaso Plin Plin




El payaso Plin Plin estaba muy, pero muy, triste. Cada vez que los chicos lo nombraban, era para recordar aquella tarde en que se pinchó la nariz y empezó a estornudar.

-         ¡Yo hice cosas más importantes en mi vida que pincharme la nariz! – decía muy, pero

muy disgustado – Por ejemplo, - se recordaba – una vez se escapó el tigre de su jaula, y yo no tuve nada de miedo, lo acorralé con una silla y lo encerré nuevamente, para que ningún chico que vino al circo, corriera peligro.

-         Otro día, le quité una espina de la pata al elefante, para que no sufriera el pobrecito. ¿Porqué entonces sólo me recuerdan por algo tan insignificante como haberme pinchado la nariz. ?

Mientras daba vueltas y vueltas alrededor de un árbol, se hacía esta pregunta una y otra vez.

Un ratoncito que vivía arriba del árbol, lo escuchó, y salió de su escondite.

-         Payasito Plin Plin, no me gusta ver a nadie tan preocupado. ¿Por qué no me cuentas cómo fue que te pinchaste la nariz, a lo mejor entre los dos, entendemos por qué los chicos te recuerdan por eso, en lugar de por tus actos tan valientes? – le propuso el inquieto ratoncito.

-         No creo que nadie pueda ayudarme pero por las dudas te cuento – contestó Plin Plin

Resulta que una tarde, cuando la función estaba por comenzar, me agaché para sacarle brillo a mis enormes zapatos y ¡zas!, Se me descosió la parte de atrás del pantalón. Tomé una aguja y un pedazo de hilo, muy apurado porque tenía poco tiempo. Como no tenía mis anteojos, no podía enhebrar la aguja. Entonces para ver mejor, me acerqué más y más a ella, un poquito más, y otro poquito más, hasta que ¡zas! Me pinché la nariz. El fuerte pinchazo me hizo estornudar veintitrés veces seguidas. Cuando pude parar de estornudar, sentí que todos los chicos reían con más ganas que nunca. Miré a  mi alrededor y, con sorpresa, vi que alguien había descorrido el gran telón que me tapaba. ¡Los chicos habían visto todo!

Plin Plin estaba colorado de vergüenza.

-         ¡Ahora entiendo! – gritó el ratoncito muerto de risa. Uno puede olvidarse de un payaso 

que encierra a un tigre o ayuda a un elefante. Pero Plin Plin, ¿quién no se va a acordar de un payaso que se pincha su colorada nariz, con la punta de una aguja, en medio de una función de circo? Y para colmo con todo el pantalón descosido

Plin Plin tomó al ratoncito entre sus manos, lo miró serio, y luego se largó a reír tanto como su amiguito.