domingo, 18 de marzo de 2012

"Virtudes Choique".

Adaptado del cuento del mismo nombre de Carlos Joaquín




Había una vez una escuela en medio de las montañas.  Los chicos que estudiaban ahí llegaban a caballo, en burro, en mula y a pie.  El lugar tenía una sola maestra, una solita, que amasaba el pan, hacía sonar la campana y también hacía la limpieza.  Se llamaba Virtudes Choique, era muy linda...  Me olvidaba, ordeñaba cuatro cabras, era una maestra llena de inventos, cuentos y expediciones.  Esta maestra vivía en la escuela...Al final de la hilera de bancos tenía un catre y una pequeña cocina, ahí vivía, cantaba, tocaba la guitarra y sabía tocar el bombo (tambor hecho con el tronco de un árbol, que se escucha desde muy lejos).

Los chicos no se perdían ni un solo día de clases porque la Señorita Virtudes tenía tiempo para ellos, era consentidora y de vez en cuando jugaba fútbol con ellos. La cuestión es que un día Apolinario Sosa volvió al rancho y dijo a sus padres: “Miren, miren lo que ha puesto la maestra en el cuaderno”.  El padre y la madre miraron y vieron unas letras coloradas y como no sabían leer pidieron al hijo que les dijera; entonces Apolinario leyó “Señores padres, les informo que su hijo Apolinario es el mejor alumno”.  Los padres abrazaron a su hijo porque si la maestra había escrito eso, ellos se sentían bendecidos...:
Sin embargo, al día siguiente otra niña llevó a su casa algo parecido, esta niña se llamaba Juanita Chumpas y voló con su mula al rancho para mostrar lo que había escrito la maestra.  “Señores padres, les informo que su hija Juanita es la mejor alumna”.  Pero ahí no terminó todo.

            Al otro día Melchorcito Huare llegó a su casa gritando de alegría: “¡Mire, mamita, mire tata, la maestra me ha puesto una nota de color colorado!” “Señores padres, les informo que su hijo Melchor es el mejor alumno”.

            Y así habría quedado todo si el hijo del boticario no hubiera llevado su felicitación, porque apenas Pantaleón Menouche se enteró de que su hijo era el mejor alumno, dijo: “Vamos a hacer una fiesta porque mi hijo es el mejor de toda la región.  Si vamos a hacer una comida con baile, el hijo de Pantaleón ha honrado a su padre y por eso voy a festejar como se debe”.

            El boticario escribió una carta a la señorita Virtudes que decía:

“Muy distinguidísima, amabilísima y hermosísima maestra: el sábado voy a dar una comida en honor de mi hijo, usted es la primera invitada, le pido que invite a los demás alumnos para que vengan con sus padres.
         Beso sus pies.
         Pantaleón Menouche
Imagínense el revuelo que se armó, cada niño voló a su casa para avisar de la fiesta.
      Como sucede entre la gente sencilla, nadie faltó , porque bien saben, cuánto valor tiene reunirse, reír, brindar y comer verduritas asadas, por eso todos bajaron a la casa del boticario que estaba de lo más adornada.
Enseguida se armó la fiesta, mientras la señorita Virtudes cantaba una canción.  Por fin el boticario dio unas palmadas y pidió silencio: todos prestaron atención, seguramente iba a comunicar algo importante porque la fiesta era en grande.  Tomó un banquito, lo puso en el centro del patio, se subió y haciendo ajem, ajem, ajem, sacó un papelito y leyó el siguiente discurso:
“Señoras, señores, niños, vecinos y queridos amigos: los he reunido a comer para festejar una noticia que me llena de orgullo.  Mi hijo, mi muchachito, ha sido nombrado por la maestra Virtudes el mejor alumno, así es, ni más ni nada menos”.
El hijo del boticario se acercó al padre y le dio un vaso, entonces el boticario levantó el vaso y continuó:
“Por eso señoras y señores, los invitó a brindar por ese hijo que ha honrado a su padre, a su apellido y a su país. ¡He dicho!”


Contra lo esperado, nadie levantó el vaso, nadie brindó, nadie aplaudió; al revés, padres y madres empezaron a mirarse bastante serios.  El primero en protestar fue el papá de Apolinario.

Conrado Sosa : ”Yo no brindo nada, acá el único, el mejor es mi chico, el Apolinario”.  Pero el papá de Juanita, colorado de rabia dijo: “¡Qué están diciendo!" Acá, la única mejorcita de todos es la Juana, mi muchachita”.
Empezaron los gritos de los demás, porque cada cual desmentía al otro diciendo que el único mejor era su hijo y que se dejaran de mentiras.  A punto estuvo don Sixto de agarrar de las trenzas a Dominga Chano de que todo se fuera a estropear, cuando se pudo oír la voz firme de la señorita Virtudes Choique: "¡Párense, cuidado con lo que están por hacer!  Esto es una fiesta.
Todos miraron fieros a la maestra.  Por fin, una voz dijo: “Maestra, usted ha dicho mentiras, usted ha dicho a todos lo mismo” Entonces Virtudes Choique comenzó a reír y dijo: “Bueno, ya veo que ni acá puedo dejar de enseñar.  Escuchen bien y abran bien las orejas, pero abran también el corazón, ya que si no entienden, ¡adiós fiesta!  Yo seré la primera en marcharme”.  Todos comenzaron a tomar sus asientos y entonces la señorita habló así:
“Yo no he mentido, he dicho una verdad que pocos ven y por eso no creen.  Voy a darles ejemplos de que digo la verdad.  Cuando digo que Melchorcito Huare es el mejor no miento, no sabrá las tablas de multiplicar, pero es el mejor arquero cuando jugamos al fútbol; y cuando digo que Juanita Chumpas, es la mejor no miento, es la más cariñosa de todas; y cuando digo que Apolinario Sosa es el mejor alumno, tampoco miento porque aunque no es muy brillante, es el más dispuesto a ayudar en lo que sea.  Tampoco miento si aquél es el más inteligente pero me callo si no es servicial, y aquella es soñadora, pero escribe unas poesías preciosas, y aquél es poco hábil jugando a la pelota pero es el mejor para el dibujo, y aquella es mi peor alumna en ortografía, pero la mejor de todas cuando se hace un trabajo manual.  ¿Debo seguir explicando? ¿Acaso no entendieron? Soy la maestra y debo construir el mundo con estos chicos, pues entonces, ¿con qué levantaré la patria; con lo mejor o con lo peor?”

Los padres estaba más bien serios, los hijos sonreían contentos, poco a poco cada cual fue buscando a su chico y lo miró con ojos nuevos, porque siempre habían visto los defectos y ahora empezaban a sospechar que cada defecto tiene una virtud que le hace contrapeso y que es cuestión de subrayar, estimular y premiar lo mejor, porque con eso se construye lo mejor.

Cuenta la historia que el boticario rompió el silencio diciendo: “A comer, todo está listo y el festejo hay que multiplicarlo por 56.”

Comieron más felices que nunca y jugaron y bailaron hasta muy tarde.

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