El MILAGRO GUITARRERO
Esta es la historia de un rey petiso, gruñón
y cascarrabias.
Aquel rey no quería risas, fiestas de
cumpleaños, ni juegos. Si los chicos salían a la vereda, llevaban un caramelo
pirulín en la boca. ¿Saben para qué? Para no gritar, reírse ni cantar “buenos
días su señoría, mantantiru- liru-la. ¿Se imaginan qué lugar más triste?
Pero cierta vez, antes de dormirse un chico
dijo a Dios:
-
Padre de la alegría: te pido que algún día podamos
cantar remontar barriletes y jugar a las esquinitas..
Cuando Dios se enteró del pedido, pensó un
ratito. Después llamó a un ángel que era músico, y que siempre andaba con su
guitarra de acá para allá.
-
Vas a viajar a la Tierra- le dijo Dios.
Y el ángel pensó que tenía que tocar en una
guitarreada. Pero Dios sonrió y contestó:
-
Nada de eso, mi lindo. Tenés que enseñar a sonreír a
un rey.
Claro el angelito se asustó un poco.
-
¡Nada menos que a un rey! Me da susto,
Dios...Siempre ayudé a chicos, y con los
chicos todo es más
fácil...pero...¡a un rey...!
Entonces Dios sonrió y explicó.
-
No se ponga así, mi pequeño. Los poderosos son
buenos... solo que a veces están un
poco solos, eso es todo. Por
eso, tal vez, tengas que regalarle...tu guitarra...
-
¿Mi guitarra? – dijo el ángel- ¡no me pidas eso...!
Vos sabes lo difícil que es
conseguir una guitarra...¿No
tengo más remedio que dársela?
Y mirando la Tierra, Dios dijo:
-
La paz bien vale una guitarra, mi pequeño. Y...
quién te dice, si haces bien las
cosas, por ahí tenés un
premio a la vuelta...
Entonces el ángel guitarrero confió en Dios.
Tuvo fe. Y esa misma noche partió hacia la Tierra. Al llegar escondió sus alas,
y disfrazado de chico golpeó la puerta del palacio.
-
¿Quién hace escándalo? – Vociferó el rey desde su
cama - ¡Cómo se atreven a estas horas!
-
Soy yo, señor rey... ábrame...- dijo el angelito
haciendo linda voz....
-
¡Justo cuando estaba soñando que ganaba una
batalla...! – gritó el rey revoleando los puños.
Por fin encendió la vela, se echó la capa de
rey sobre el pijama, y se puso la corona. Después abrió pasadores, candados,
cerraduras y cadenas, y se asomó a la puerta. El angelito sonreía. Al verlo el
rey gritó:
-
¡Un chico! ¡Yo sólo recibo visitas importantes!
-
Hola, don rey... –dijo el pequeño – Buenas noches,
¿Estás bien?
-
¡Ni siquiera sabes hacer la reverencia! – dijo el
rey tan enojado que casi se le cae la corona.
-
Vengo a hacerte un regalito. Para vos
-
¿Cómo?
Regalitos...¿Regalitos a mi...? ¿Al rey? Ay, que lindo... Pero, pasa de
una vez, que hace frío.
Al entrar, el ángel vio que la casa del rey
era un poco tristona. No había ni una flor, imagínense. Las ventanas están
cerradas con trancas y cadenas. Había retratos de señores enojados. Y en una
jaulita bostezaba afligido un gorrión embalsamado.
-
Con razón no está contento. Vivís muy solo. ¡No
tenés ni una maceta con un geranio!
Entonces el rey suspiró, se quitó la corona y
se sentó en el suelo. Mientras se rascaba la cabeza, habló despacito:
-
Y, para eso soy
rey. Mi deber es estar siempre enojado. A mí me enseñaron que
la alegría es algo poco
serio...
-
¡Nada de eso rey...! – gritó el ángel disfrazado -
¡Al revés! Todos quieren quererte
Y vas a ver que lindo es
querer a todo tu pueblo.
El rey quedó pensativo. Al ratito dijo:
-
Este... ¡ejem, ejem...! Vos... digo yo, ¿serías
capaz de quererme a mí?
El ángel no lo pensó dos veces. Ahí nomás le
dio al rey dos abrazos suavecitos y como cinco besos juntos.
Y claro el rey petiso se puso colorado de
gusto. Enseguida pidió más.
Con los mimos, el rey hacía fuerza para no
sonreír. Pero no pudo al final lo venció el amor...¡y sonrió!
Cuando sonrió por segunda vez, se acordó de
un cantito que no cantaba desde que era chico. Cuando terminó de cantar, el
ángel le dijo:
-
Tomá esta guitarra es par vos. Te pido que la cuides
mucho...
En medio del silencio azul de la noche, el
rey pulsó las cuerdas. Y se pudo escuchar un sonido muy dulce y melodioso.
Aquel sonido despertó a las palomas blancas.
Y las palomas blancas, alborotaron a las campanas. Y las campanas cantaron
“din, don,” locas de contentas. Y entonces el sol obediente amaneció. Y la
gente despertó.
Al ver estos milagros, el rey se entusiasmó y
tocó una chacarera doble.
Entonces la gente fue reuniéndose frente al
palacio. Al terminar la música sonó bien fuerte un aplauso. Y todos gritaban
vivas y hurras a su rey.
Poco a poco, el monarca olvidó guerras y
pleitos. Salía en bicicleta por esos caminos del reino con la guitarra al
hombro. Allá se iba a dar conciertos a su gente, que poco a poco aprendía a
cantar
Desde aquel día la paz fue posible.
Y en el cielo funciona una fábrica de
guitarras.
Carlos Joaquín Durán
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