martes, 17 de abril de 2012

El Milagro Guitarrero


El MILAGRO GUITARRERO




Esta es la historia de un rey petiso, gruñón y cascarrabias.

Aquel rey no quería risas, fiestas de cumpleaños, ni juegos. Si los chicos salían a la vereda, llevaban un caramelo pirulín en la boca. ¿Saben para qué? Para no gritar, reírse ni cantar “buenos días su señoría, mantantiru- liru-la. ¿Se imaginan qué lugar más triste?

Pero cierta vez, antes de dormirse un chico dijo a Dios:

-         Padre de la alegría: te pido que algún día podamos cantar remontar barriletes y jugar a las esquinitas..

Cuando Dios se enteró del pedido, pensó un ratito. Después llamó a un ángel que era músico, y que siempre andaba con su guitarra de acá para allá.

-         Vas a viajar a la Tierra- le dijo Dios.

Y el ángel pensó que tenía que tocar en una guitarreada. Pero Dios sonrió y contestó:

-         Nada de eso, mi lindo. Tenés que enseñar a sonreír a un rey.

Claro el angelito se asustó un poco.

-         ¡Nada menos que a un rey! Me da susto, Dios...Siempre ayudé a chicos, y con los

chicos todo es más fácil...pero...¡a un rey...!

Entonces Dios sonrió y explicó.

-         No se ponga así, mi pequeño. Los poderosos son buenos... solo que a veces están un   

poco solos, eso es todo. Por eso, tal vez, tengas que regalarle...tu guitarra...

-         ¿Mi guitarra? – dijo el ángel- ¡no me pidas eso...! Vos sabes lo difícil que es

conseguir una guitarra...¿No tengo más remedio que dársela?

Y mirando la Tierra, Dios dijo:

-         La paz bien vale una guitarra, mi pequeño. Y... quién te dice, si haces bien las

cosas, por ahí tenés un premio a la vuelta...

Entonces el ángel guitarrero confió en Dios. Tuvo fe. Y esa misma noche partió hacia la Tierra. Al llegar escondió sus alas, y disfrazado de chico golpeó la puerta del palacio.

-         ¿Quién hace escándalo? – Vociferó el rey desde su cama - ¡Cómo se atreven a estas horas!

-         Soy yo, señor rey... ábrame...- dijo el angelito haciendo linda voz....

-         ¡Justo cuando estaba soñando que ganaba una batalla...! – gritó el rey revoleando los puños.

Por fin encendió la vela, se echó la capa de rey sobre el pijama, y se puso la corona. Después abrió pasadores, candados, cerraduras y cadenas, y se asomó a la puerta. El angelito sonreía. Al verlo el rey gritó:

-         ¡Un chico! ¡Yo sólo recibo visitas importantes!

-         Hola, don rey... –dijo el pequeño – Buenas noches, ¿Estás bien?

-         ¡Ni siquiera sabes hacer la reverencia! – dijo el rey tan enojado que casi se le cae la corona.

-         Vengo a hacerte un regalito. Para vos

-         ¿Cómo?  Regalitos...¿Regalitos a mi...? ¿Al rey? Ay, que lindo... Pero, pasa de una vez, que hace frío.

Al entrar, el ángel vio que la casa del rey era un poco tristona. No había ni una flor, imagínense. Las ventanas están cerradas con trancas y cadenas. Había retratos de señores enojados. Y en una jaulita bostezaba afligido un gorrión embalsamado.

-         Con razón no está contento. Vivís muy solo. ¡No tenés ni una maceta con un geranio!

Entonces el rey suspiró, se quitó la corona y se sentó en el suelo. Mientras se rascaba la cabeza, habló despacito:

-         Y, para eso soy  rey. Mi deber es estar siempre enojado. A mí me enseñaron que

la alegría es algo poco serio...

-         ¡Nada de eso rey...! – gritó el ángel disfrazado - ¡Al revés! Todos quieren quererte

Y vas a ver que lindo es querer a todo tu pueblo.

El rey quedó pensativo. Al ratito dijo:

-         Este... ¡ejem, ejem...! Vos... digo yo, ¿serías capaz de quererme a mí?

El ángel no lo pensó dos veces. Ahí nomás le dio al rey dos abrazos suavecitos y como cinco besos juntos.

Y claro el rey petiso se puso colorado de gusto. Enseguida pidió más.

Con los mimos, el rey hacía fuerza para no sonreír. Pero no pudo al final lo venció el amor...¡y sonrió!

Cuando sonrió por segunda vez, se acordó de un cantito que no cantaba desde que era chico. Cuando terminó de cantar, el ángel le dijo:

-         Tomá esta guitarra es par vos. Te pido que la cuides mucho...

En medio del silencio azul de la noche, el rey pulsó las cuerdas. Y se pudo escuchar un sonido muy dulce y melodioso.

Aquel sonido despertó a las palomas blancas. Y las palomas blancas, alborotaron a las campanas. Y las campanas cantaron “din, don,” locas de contentas. Y entonces el sol obediente amaneció. Y la gente despertó.

Al ver estos milagros, el rey se entusiasmó y tocó una chacarera doble.

Entonces la gente fue reuniéndose frente al palacio. Al terminar la música sonó bien fuerte un aplauso. Y todos gritaban vivas y hurras a su rey.

Poco a poco, el monarca olvidó guerras y pleitos. Salía en bicicleta por esos caminos del reino con la guitarra al hombro. Allá se iba a dar conciertos a su gente, que poco a poco aprendía a cantar

Desde aquel día la paz fue posible.

Y en el cielo funciona una fábrica de guitarras.

Carlos Joaquín Durán

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