Justo en el medio de la plaza estaba Palmira.
Una palmera altísima, preciosa, pero de mal carácter. Siempre estaba enojada,
protestando y protestando.
En cambio el roble, que estaba a su lado,
redondo, como un abrazo, se sentía feliz. Los pajaritos lo habían elegido, para
armar en él sus nidos.
Los pinos jugaban por las noches, a las
escondidas con las estrellas y, durante el día, dormían la siesta, mientras el
sol los acariciaba.
Estaban contentos todo el tiempo.
El sauce se divertía, formando con sus ramas,
anillos en el agua cristalina de la fuente. En una palabra, todos los árboles
eran felices. Palmira, la palmera, no.
Un día cuando se quedó dormida, después de
protestar, durante horas y horas, los árboles decidieron reunirse para hablar
del asunto.
- ¡Esto no puede seguir así! –
dijo un pino muy enojado.
-
¡Yo ya no la soporto! – agregó el sauce – A veces me
dan ganas de levantar mis ramas cargadas de agua y mojarla toda. Así se le pasa
el mal humor.
Otro pino dijo:
-
Si pudiera mudarme de plaza, lo haría hoy mismo.
-
Yo quisiera saber qué le pasa – dijo el roble – pero
cada vez que quiero hablarle, se da vuelta y mira para otro lado
-
¿Qué le pasará? – dijeron las flores – Nosotras,
desde aquí abajo, no nos enteramos de nada.
Conversaron tanto, que ninguno de ellos, se
dio cuenta, que había llegado la noche.
El cielo se salpicó de estrellas, y apareció
la luna brillante y redonda.
Cuando vio los árboles tan preocupados, se
acercó y les preguntó:
-
¿Qué les pasa amigos? ¡Qué caras tienen! ¿Qué les
preocupa?
-
Nos preocupa Palmira, no sabemos qué le pasa.
Siempre está enojada – dijeron todos juntos
-
Yo sé qué le ocurre, porque por las noches, cuando
ustedes duermen, ella habla conmigo.
-
¡Cuéntanos por favor! Queremos saber qué le pasa.
-
Está enamorada.
-
¿Enamorada?
-
Si, está enamorada del roble. Y dice que el no la
mira, porque siempre está despeinada.
-
¿Y quien la despeina?
-
El viento, y para colmo siempre se burla de ella, y
le grita
¡Palmira, plumero
Palmira es el plumero del
cielo!
-
¡Pobre Palmira! Tenemos que ayudarla
-
Yo sé como hacerlo – dijo el roble- mientras
despertaba a los pajaritos que, como cada noche dormían en sus ramas.
Les habló en secreto, y
mirando a sus amigos los árboles, les dijo:
-
Ahora, todos a dormir. Mañana Palmira, tendrá una sorpresa.
Apenas el sol empezó a
bordar su camino amarillo en el cielo, empezaron a llegar los pajaritos uno a
uno. Cada uno traía en el pico, un broche de colgar la ropa. Volaron hasta la
cabeza despeinada de Palmira, y armaron trenzas con sus ramas, sujetándolas con
los broches de colores.
Palmira no lo podía creer,
se veía hermosa. Hasta se puso a cantar.
Cuando el roble se despertó,
la vio tan linda y sonriente, que le tiró un beso grande, verde y saltarín.
Desde ese día en la plaza,
todo fue alegría. Llegaron pajaritos de todos lados, para piarles canciones
románticas al roble y a la palmera.
Estaban tan enamorados, que
entrelazaban sus hojas, suspiraban y se
escribían cartitas de amor.
Fuente: Los cuentos de jardincito Autora: Edith Maria
Russo
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