martes, 17 de abril de 2012

Palomina y Palomino adoptan un pichón.


Había una vez, una paloma gris, de esas que a veces anidan en los balcones. Se llamaba Palomina. Un día decidió tener amigos; encontró a Palomino y empezaron la amistad.

Juntos buscaron comida, jugaron a las escondidas entre las ramas de los árboles, se bañaron con las gotitas que escapaban de las fuentes, y por las mañanas, tomaron agua de rocío.

Cuando quisieron hacerse un nido, buscaron pajitas, encontraron clavos y se confundieron.

Un carpintero los había olvidado en el techo de un edificio que estaba construyendo. Uno a uno, los amigos llevaron los clavos, hasta una lata de dulce vacía, que estaba en el balcón.

Y... ¡patatín, patanado, nido clavado! Que es lo mismo que decir, hecho con clavos.

Pero... ¿Sirven los nidos clavados?  ¡Pobre Palomina y Palomino! Era tan duro y frío, que pronto decidieron desarmarlo, y, uno a uno, devolvieron los clavos al carpintero.

Pasaron unos días, encontraron pelos de caballo, de los que se llaman crines, pajas, palitos, y plumas, y.. ¡Para arriba, para abajo, terminado el trabajo! El nido listo.

¿Lo usaron? No. Un gorrión lo necesitaba para sus gorrioncitos, que tenían frío. Harían otro. Lo fabricaron, pero esta vez, se lo dieron a una paloma mensajera, que por tanto “mensajear”, no tenía tiempo para hacerse uno.

Otro lo hicieron en el campo, junto a los yuyitos. Se lo prestaron a una perdiz, que nunca se los devolvió.

Así fueron haciendo  y regalando nidos, y ellos durmieron sobre ramas de los árboles.

Con tanto ir y venir, trabajar y trabajar, pasó el tiempo y se olvidaron de poner los huevitos, de donde salen los pichones.

Cierta vez en un nido vecino, descubrieron palomitos. ¿Cómo hacer para tenerlos ellos también? Ya eran viejecitos. Preguntaron pero nadie les dio razones. Los pichones nacen de los huevos, y ellos habían olvidado como fabricarlos.

Un día que el sol desparramaba sus rayos por todos lados, porque ninguna nube se los tapaba, en el suelo vieron un pichoncito sin plumas que apenas podía piar.

Curiosos bajaron hasta donde estaba el palomito que, con el pico abierto, pedía comida

Como ellos recién habían comido unos sabrosos gusanitos, sacándoselos del buche le dieron de comer. Al día siguiente, y al otro, y al otro, sucedió lo mismo, entonces los palomos decidieron llevarlo con ellos hasta el nido.

Cuando el pichoncito pudo piar, bajito empezó a decirle papá a Palomino, y mamá a Palomina. ¡Que alegría tuvieron! No había salido de un huevito de ellos, y les decía papá y mamá... ¡Ya era su hijo!

Con unos bonitos “gurugú, gurugú”, así hablan las palomas, agradecieron a Dios, por habérselos enviado, y desde ese día fueron la familia de palomos más feliz del mundo

Y colorín, color aromo, se acabó el cuento de los palomos.

Fuente: Los cuentos de Jardincito                                  Autora: Teresa Alvado de Lardizábal


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