Había una vez, una paloma gris, de esas que a
veces anidan en los balcones. Se llamaba Palomina. Un día decidió tener amigos;
encontró a Palomino y empezaron la amistad.
Juntos buscaron comida, jugaron a las
escondidas entre las ramas de los árboles, se bañaron con las gotitas que
escapaban de las fuentes, y por las mañanas, tomaron agua de rocío.
Cuando quisieron hacerse un nido, buscaron
pajitas, encontraron clavos y se confundieron.
Un carpintero los había olvidado en el techo
de un edificio que estaba construyendo. Uno a uno, los amigos llevaron los
clavos, hasta una lata de dulce vacía, que estaba en el balcón.
Y... ¡patatín, patanado, nido clavado! Que es
lo mismo que decir, hecho con clavos.
Pero... ¿Sirven los nidos clavados? ¡Pobre Palomina y Palomino! Era tan duro y
frío, que pronto decidieron desarmarlo, y, uno a uno, devolvieron los clavos al
carpintero.
Pasaron unos días, encontraron pelos de
caballo, de los que se llaman crines, pajas, palitos, y plumas, y.. ¡Para
arriba, para abajo, terminado el trabajo! El nido listo.
¿Lo usaron? No. Un gorrión lo necesitaba para
sus gorrioncitos, que tenían frío. Harían otro. Lo fabricaron, pero esta vez,
se lo dieron a una paloma mensajera, que por tanto “mensajear”, no tenía tiempo
para hacerse uno.
Otro lo hicieron en el campo, junto a los
yuyitos. Se lo prestaron a una perdiz, que nunca se los devolvió.
Así fueron haciendo y regalando nidos, y ellos durmieron sobre
ramas de los árboles.
Con tanto ir y venir, trabajar y trabajar,
pasó el tiempo y se olvidaron de poner los huevitos, de donde salen los
pichones.
Cierta vez en un nido vecino, descubrieron
palomitos. ¿Cómo hacer para tenerlos ellos también? Ya eran viejecitos.
Preguntaron pero nadie les dio razones. Los pichones nacen de los huevos, y
ellos habían olvidado como fabricarlos.
Un día que el sol desparramaba sus rayos por
todos lados, porque ninguna nube se los tapaba, en el suelo vieron un
pichoncito sin plumas que apenas podía piar.
Curiosos bajaron hasta donde estaba el
palomito que, con el pico abierto, pedía comida
Como ellos recién habían comido unos sabrosos
gusanitos, sacándoselos del buche le dieron de comer. Al día siguiente, y al
otro, y al otro, sucedió lo mismo, entonces los palomos decidieron llevarlo con
ellos hasta el nido.
Cuando el pichoncito pudo piar, bajito empezó
a decirle papá a Palomino, y mamá a Palomina. ¡Que alegría tuvieron! No había
salido de un huevito de ellos, y les decía papá y mamá... ¡Ya era su hijo!
Con unos bonitos “gurugú, gurugú”, así hablan
las palomas, agradecieron a Dios, por habérselos enviado, y desde ese día
fueron la familia de palomos más feliz del mundo
Y colorín, color
aromo, se acabó el cuento de los palomos.
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